Holanda gestiona sin polémica un almacén como el del proyecto español

Juan Oliver

SOCIEDAD

El depósito que sirve de modelo a España se construyó en el 2003 en un entorno en el que ya había una central

01 feb 2010 . Actualizado a las 22:55 h.

En Borssele a nadie parece importarle que hace seis años abrieran allí un almacén de residuos atómicos. Los vecinos llevan casi cuatro decenios conviviendo con una central levantada en un polígono industrial a menos de un kilómetro de sus casas, así que la polémica sobre las instalaciones nucleares se cerró hace tiempo. «Lo lógico es que lo construyeran aquí», razona Willem, un estudiante que pedalea por la estrecha carretera rural que une Borssele con Heerenhoek, una aldea cercana.

Borssele tiene apenas mil habitantes, pero el municipio (Borsele, con una sola ese) supera los 20.000. Está situado en la provincia de Zelanda, en el primero de los fiordos del suroeste de los Países Bajos, a tres cuartos de hora por autopista de la central nuclear belga de Doel. Cuando se planteó abrir un depósito de basura atómica, el Gobierno holandés propuso doce emplazamientos, pero a pocos holandeses les cupo duda de que Borssele sería el elegido. La paz estaba garantizada de antemano.

«El criterio social es fundamental, pero se trata solo de informar correctamente a la opinión pública», asegura Santiago San Antonio, director general de Foratom, el lobby de las industrias atómicas europeas. La crisis económica les ha dado renovadas opciones, pues ha forzado a países tradicionalmente antinucleares, como Suecia o Italia, o que habían anunciado moratorias, como el Reino Unido, a levantar el veto a las centrales. Otros, como Bélgica, Alemania o España, han pospuesto el cierre de algunas instalaciones. «Para la industria el debate sobre la energía nuclear es positivo, pero el problema es que en España no hay una discusión razonada, sino una pelea de pancartas», denuncia San Antonio.

Energía

España se ha puesto como modelo el almacén de Borssele, que tiene una capacidad seis veces inferior a la prevista para el depósito español. Y no se diferenciaría en nada del resto de las instalaciones del polígono industrial (como la central, a apenas 300 metros), a no ser por el naranja chillón de sus muros exteriores, separados de la carretera por una valla oxidada. Sobre las paredes se ha pintado en verde la fórmula maestra de la teoría de la relatividad: E=mC2. La energía es igual a la masa por el cuadrado de la velocidad de la luz.

La vida media de los residuos de alta intensidad que alberga Borssele no se mide en años luz, pero sí en siglos, incluso en milenios. Aquí estarán un máximo de cien años, ya que luego se enterrarán en minas de alta profundidad. Eso si antes no se ha encontrado una solución tecnológica para reaprovechar el combustible gastado, del que hoy solo se aprovecha el 5%.

La de Borssele es la única central holandesa en activo (hay otra en proceso de desmantelamiento), y el Gobierno acaba de decidir que prorrogará su vida hasta el 2033, aunque apenas produce el 4% de toda la electricidad que se consume en el país. Y esta es mucha, a la vista de cómo la gastan en Vlissingen, una ciudad de 50.000 habitantes a 20 kilómetros de Borssele.

Calefacción

«No tengo ni idea de cuánto pagamos de calefacción», afirma Thianne, una joven que atiende una sandwichería en la calle Walstraat, en pleno centro comercial. Como la mayoría de los establecimientos de la zona, tiene las puertas abiertas de par en par. Fuera la temperatura roza los dos grados, pero el viento deja la sensación térmica bajo cero. Sin embargo, los potentes radiadores eléctricos hacen que en el interior se esté calentito.

Como muchos jóvenes de Vlissingen, Thianne conoció la central de Borssele cuando era una niña. Ahora también se organizan visitas de escolares al almacén nuclear, donde a los críos se les permite caminar sobre los contenedores de residuos. «Lamentablemente, los niños crecen creyendo que la energía nuclear es segura y respetuosa con el medio ambiente», explica Marieke van Riet, una profesora de Biología de Middelburg, la capital de Zelanda, que lidera un pequeño movimiento antinuclear en la provincia. Su organización solo tiene tres socios.