África es «un continente apaleado», dice Yessica Mato. Pero ella no lo dudó. Mali, uno de los cinco países más pobres del planeta, es su primer destino como cooperante
05 ene 2009 . Actualizado a las 13:07 h.El aterrizaje «fue muy duro», recuerda. Era febrero del 2008 y a esa chica blanca de 29 años, recién llegada a Bamako, muchos la veían como una nueva colonizadora. Mali mira con recelo al extranjero, como lo hace toda África. «Es una región muy castigada que ve Europa como un destino ideal, como un futuro, pero también como un lugar que le pone muchas trabas, que no responde de la misma manera que ellos. África da mucho a los países ricos, y lo saben sus habitantes, pero no reciben nada a cambio». Ese es el contexto que se encontró en febrero y que ahora refiere Yessica Mato.
Ese relato viene muy a cuento porque Mali fue -es, pues sigue allí- su primer destino como expatriada. Cuentan quienes llevan tiempo en la cooperación que es el choque más brutal y que no conviene ir si no se está convencido y preparado. Yessica tardó un tiempo en decidir con quién quería iniciarse en la cooperación internacional. Sin premuras. Pero sabía que tenía que ser África. «Es la mejor manera de aprender», se dijo. Finalmente partió con el Movimiento por la Paz (MPDL), organización muy vinculada a los derechos humanos que conoció a finales de los noventa cuando estudiaba Ciencias Políticas en Santiago. Ya entonces comenzó a pensar en dedicarse a actividades solidarias.
Barcelona fue su siguiente destino, con un máster «muy crítico con la cooperación internacional». La formación que entonces recibió, explica, le sirvió para no sorprenderse de algunas malas prácticas en la ayuda al desarrollo que se ven cuando se sale al exterior. Pero hubo otras cosas para las que no estaba preparada, admite. «Las herramientas técnicas las tienes, la formación teórica también, pero la realidad siempre te supera».
«Es una experiencia de extremos-continúa-. Puedes empezar el día a carcajadas y acabar llorando. Llegas con mucha ilusión, pero te vas encontrando con serios reveses en el camino, y ahora, con el paso del tiempo, aprendes a tomarte las cosas de otra manera». Lo peor es ver cómo los propios beneficiarios de los proyectos van tumbando algunas iniciativas. «La oposición a los proyectos es algo muy duro, no les gusta la formulación, no creen en ella...». Yessica, cuando apenas llevaba dos semanas en Mali, vivió ese rechazo: «Iba a realizar un curso de formación y quienes iban a recibirla se me pusieron en huelga porque no estaban conformes con la asignación económica que se les daba, porque siempre hay que pagar, y durante cuatro horas tuve que negociar y explicarles lo que íbamos a hacer».
Triple objetivo
Esa es una parte compleja. Otra, como administradora económica del programa de MPDL, es negociar con las administraciones. «Todo es lento y hay que llevarlo con la mayor transparencia posible». La organización trabaja en la capital, Bamako, y en iniciativas de codesarrollo en varias comunidades -planes con los que se busca que los beneficiarios continúen luego con los proyectos-, mejora de los servicios de salud e información en seguridad alimentaria para evitar casos de malnutrición... No es fácil: «La cooperación se sigue viendo como una nueva forma de colonización». El programa durará hasta el 2010, pero planea cambiar de destino antes. «Creo que año y medio en Mali será suficiente como inicio», afirma.