Exorcista de la Ciudad Eterna

SOCIEDAD

Roma pierde al sacerdote que dedicó su vida a luchar contra el demonio y a predicar que al mal no hay que abrirle las puertas

26 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

La Iglesia ha perdido al más conocido de sus exorcistas. Y el demonio tiene hoy en este mundo un enemigo menos. Monseñor Corrado Balducci, uno de los grandes expertos en demonología de nuestro tiempo, conocido popularmente como el Exorcista del Vaticano por haber sido durante largos años el expulsador de diablos con cargo oficial en la archidiócesis de Roma, ha muerto a los 85 años de edad. En realidad, y todo hay que decirlo, Balducci murió el pasado día 20, pero hasta ayer mismo su familia no dio a conocer su fallecimiento.

Nacido en el año 1923 en una Italia profundamente católica, estudió en la Pontificia Academia Ecclesiastica, de cuyas aulas surgieron buena parte de los nuncios papales del pasado siglo, y fue amigo personal de Juan Pablo II. Un pontífice que, por cierto, también se enfrentó al mal cara a cara, cuando en abril de 1982, y a petición del obispo de Spoleto, monseñor Alberti, durante una audiencia papal rezó ante una presunta posesa: una mujer italiana, Francesca F., que gritaba ante Wojtyla retorciéndose en el suelo y que pareció curarse cuando el Papa le prometió que diría por ella la misa del día siguiente. Balducci, autor de varios libros y habitual del más amplio abanico de medios comunicación, entre los que la televisión no fue el menos frecuente, creía con firmeza en un diablo de inteligencia humana, proclive a apoderarse de quienes le abrían las puertas. En contra de quienes sostienen, dentro de la propia Iglesia, que lo que diferentes culturas han llamado demonio a lo largo de la historia no es sino la ausencia de Dios -esa oscuridad a la que solo la presencia divina y la fe pueden hacerle frente-, Corrado Balducci veía a los diablos, a los seres salidos del infierno, en las convulsiones, los gritos y la desesperación de quienes aparentemente hablaban lenguas desconocidas, adivinaban la presencia de objetos ocultos y sentían la mayor de las aversiones hacia los símbolos sagrados. «Cuanto más quitamos a Dios, más ocupa el diablo», repetía el exorcista, citando a San Agustín. Aunque pedía, eso sí, prudencia. Y afirmaba que el número de verdaderas posesiones es mínimo, frente a lo que generalmente se cree. Aseguraba que en Italia solo había habido, que él tuviese noticia, unas veinte.

El difícil arte de escuchar

Era, sin duda, un hombre bueno. Un sacerdote insobornablemente fiel a la Iglesia, en cuyo interior quizás anidasen escepticismos que su personaje público, tan mediático, no dejaba adivinar siempre. Tras largas décadas dedicado a recibir enfermos mentales que se sienten poseídos por las fuerzas del averno, aseguraba que la labor de un exorcista es hoy, además de un «apostolado eclesial», un «servicio social que consiste en escuchar a las personas». Creía firmemente, eso sí, en los ovnis, en los extraterrestres. Sin él, quién lo duda, la ciudad de Roma ha perdido parte de su misterio.