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12 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.LAS circunstancias hacen que cosas aparentemente normales se conviertan, de repente, en una aberración. Dedicamos todo el verano a celebrar con despreocupada alegría la exaltación gastronómica de cientos de alimentos sin la más mínima reflexión. Como mucho, nos preguntamos por qué es siempre tan fea la loza conmemorativa de cada festejo, cómo es posible que el mejor pulpo del planeta esté en O Carballiño, si queda algún pueblo que aún no tenga su mercado medieval o si sabe mejor la carne del bogavante al cocerlo vivo que si lo despedazamos aún coleando antes de meterlo en la olla. Lo que nunca nos planteamos es si los terneros y los cerdos y los pollos sufren de más antes de irse al híper en bandeja con celofán. Pero el paradigma de lo políticamente incorrecto surge cuando aparecen cientos de caballos calcinados en el monte y después te invitan a ir a la Festa do Potro a la brasa, que a la parrilla sabe mejor. La actualidad hace que eventos consolidados como las populares Festas do Viño, -a las que es imposible llegar si no vas en coche y es imposible salir sin haber degustado, al menos, media docena de caldos de la tierra-, se empecinen en llevarle la contraria a la DGT, cuyos agentes se hinchan a poner multas haciendo soplar a los catadores. La tradición se desmorona. El verano se acaba y con él se agotan las posibilidades del sobrecargado calendario cuchipandero. El reflexivo y melancólico otoño existe para rumiar los excesos, digerir las rutinas de vida real y mascar los agobios apretando bien los dientes. Guardas la sombrilla en el trastero y gritas: ¡Una de bicarbonato!