LA VIDA es un tren. Tiene una estación de partida y una de llegada y el camino discurre seguro mientras uno se ciñe a las vías, pero, a la menor oscilación, se descarrila y llega el desastre. La tragedia del metro de Valencia debe abrirnos los ojos. Igual que otras, como el 11-S, el 11-M o los atentados de Londres, por citar las que más nos impactan por ser en las que muere gente de ese primer mundo que ni se inmuta cuando el llanto proviene de Irak o de África. El dolor nos enseña que la vida es tan terrible como maravillosa. Que la felicidad se pierde en un chasquido. Que no somos indestructibles. Que morimos igual que nacemos. Que ese es nuestro único final por mucho que no queramos enterarnos. La tragedia de Valencia pone de manifiesto la fragilidad de nuestra existencia. El fino equilibrio que nos permite coger cada bocanada de aire. Una mañana sales de casa para ir al trabajo, para cambiar un vestido, para visitar a un amigo, para comprar un libro o para hacer un examen y ya nunca vuelves. Tu vida se detiene, como el tren, en un oscuro túnel. La lección es que hay que estar en paz con el mundo y con uno mismo todos los días, todas las horas, todos los minutos. Porque ahora estás y luego no. Me pregunto cuántas víctimas no se enfadaron aquella mañana con sus parejas, cuántas no se hablaban con sus hermanos, cuántas habían discutido con sus hijos, cuántas se marcharon de casa dando un portazo. Me pregunto cuánto habrían dado no por cambiar aquel día de tren ni su fatídico destino, sino por trocar su enfado por una simple sonrisa antes de llegar a la última estación.