08 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

EL MARTES pasado tuve que orillar mi coche para llamar por teléfono y cancelar mi apuesta para este Campeonato Mundial de Fútbol. Hasta aquel momento estaba totalmente convencido de que la selección española iba a ser eliminada en la primera fase. Me parecía tan lógico como que cada día haya un amanecer. Pero aquella mañana, escuchando las noticias, me di cuenta de mi craso error: Zapatero se había reunido con la selección, había hablado bien de Iniesta, de Raúl, de Luis Aragonés y ¡había deseado suerte al equipo español! Ante semejante noticia, estaba claro que había hecho el primo apostando por el rápido regreso a casa de la selección. Mi apuesta se trasladó a las semifinales, el mínimo que se le puede atribuir a alguien con la buena estrella que tiene el presidente del Gobierno. Porque está claro que el éxito del Barça no tiene tanto que ver con Rijkaard ni con Ronaldinho como con ZP, y eso por señalar sólo un símil futbolístico de la florecilla que el presidente cultiva en su salva sea la parte. Así que Aragonés ya puede alinear a quien quiera, los jugadores pueden esconderse cuanto deseen, los delanteros fallar los goles que les plazca, porque España ganará aunque no quiera. La baraka que envuelve a Zapatero es contagiosa y si el presidente le echó el conjuro a la selección, les recomiendo que hagan como yo: olviden la lógica y apuesten por España.