Metrópoli a la gallega

SOCIEDAD

TENIENDO en cuenta que, al fin y al cabo, no es más que el punto cardinal hacia el que se precipita el sol cada día, nada hay de extraño en que Occidente decaiga. A qué tanto escándalo, si su misma esencia se lo pide. Instalados en el más occidental de los finisterres, los gallegos habitamos, consecuentemente, una decadencia pertinaz. Mientras otros territorios peleaban por mantener su configuración como auténticos estados confederados dentro de la común estola de la corona española -véanse Aragón o Navarra- a nosotros nos representaba Zamora en las Cortes de Castilla. Tampoco es extraño, por lo tanto, que, pasados los siglos, asistamos con cierta pereza al debate de las naciones, las realidades nacionales, las nacionalidades históricas y las naciones a su pesar. Esta última denominación, por cierto, tal vez muy adecuada para el tema que nos ocupa. Alejados de las metrópolis que se configuran en torno a Madrid, Cataluña, el País Vasco y Valencia, lamentamos que el capital foráneo no le tire los trastos al Fogar de Breogán, atomizada pléyade de concellos y diputaciones, siempre dispuestos a derrochar lo que haga falta con el noble fin de prolongar cuatro años más sus agónicas existencias. Claro que en lugar de quejarnos podríamos subirnos a un tren capaz de unir a seis millones de habitantes y a setenta mil empresas. Y, por una vez, forzar al capital a fijarse en el Oeste para ver correr al AVE Vigo-Oporto y echar cuentas.