UNO tenía previsto escribir de algo frívolo. Amable. Pero hay que postrarse ante la evidencia. Y al que suscribe no le quedó otra que variar sus planes cuando se dio de bruces con la información que ayer abría La Voz. Chavales muertos en coches de madrugada. Veinte cadáveres en las carreteras gallegas en lo que va de abril. Nueve ataúdes en el asfalto para personas que nunca cumplirán los 30. Una sangría que no acaba y que tatúa el mapa con cicatrices negras. Y uno se acuerda de los comentarios típicos. Que mientras haya coches habrá accidentes. Que si hay pocos radares. Que si la cosa va a mejorar con el carné por puntos. Que si las campañas informativas... Bueno. Aquí no se consuela el que no quiere. Para mí, la única hipótesis válida es que cuando cogemos el volante disparamos nuestras posibilidades de morir. Y de matar. Es lo que hay. Lo que ha habido. Y lo que habrá. Todo lo que se haga para mejorar carreteras, seguridad, control... Todo eso será siempre poco, claro. Pero somos nosotros, al conducir, los que tenemos la última palabra. Nuestro cerebro manda. Sólo él manda. Y su objetivo es salir airoso en cada viaje. Cada trayecto es una partida. Ganas si llegas. Y ya se sabe lo que pasa si fracasas. Si fuese un videojuego siempre tendrías más vidas. Más oportunidades. Pero no lo es. Si pierdes, se acabó. No hay más jugadas. ¿Vale la pena el más mínimo riesgo? Es obvio que no. Y también lo es que a veces lo olvidamos. Por desgracia.