AYER, Arizona estaba igual de colorada, escabrosa, igual de llena de ardillas en los cruces, con gasolineras donde los camioneros compran bocadillos. Dejamos atrás el pueblo de los vértices espirituales, Sedona, donde los holíticos meditan, para tomar la carretera de Phoenix hasta el desierto de Sonora que corre paralelo a la frontera. Sonora, el lugar de la literatura pura para mí, donde nacen las ficciones más dolorosas y esenciales. Allí, en Sonora, las torres de infrarrojos lanzaban guiños. Pensé en aquellos detectives salvajes, en Arturo Belano extraviado en medio de su propia juventud, y ahora ya muerto. Fue así: atravesamos el desierto de los desheredados en una oscuridad que se podía cortar, dejamos atrás Yuma, una ciudad fantasma, orlada de caravanas de alquiler como coches mortuorios, y un pasado de fiebre del oro, no muy lejos de Nogales. Después me quedé dormida, para despertar junto al mar, ya a salvo, en la ostentosa San Diego, hermana gemela de Tijuana pero en swell . ¿Qué decir que ya no sepan? California huele a langosta rosada y a linimento de surf. Ahora, contemplo por primera vez las mismas aguas que bañan la costa china, la isla de Pascua y las Bermudas. El Pacífico es de otro color, mucho más azul y más calmoso, aquí las ballenas y los tiburones juegan a otros juegos, diferentes. Ahora estamos en Encinillas, al sol. Me arropo en mi parka verde, mientras en la radio suena Violent Femmes. Hacía tanto tiempo que no soñaba California.