TENGO un móvil nuevo que es pequeñísimo. De esos de conchita, que dice siempre mi madre refiriéndose a que se cierran y guardan el teclado. Tiene de todo y es la mar de moderno. Pantalla a color, cámara de fotos digital y para demostrar que está activo emite destellos de luz azul que varían su frecuencia si tienes una llamada o un mensaje. Eso por no hablar de las mil y una melodías y sonidos. Que te llama el jefe, suena una, que es tu mujer, otra, y si es un coleguita para tomar unos vinos, otra distinta. Así te evitas coger llamadas que no quieres. Puedes poner una melodía específica para pesados y silenciar así sus chorradas. Por supuesto, tiene juegos, calculadora y hasta es capaz de convertir los grados centígrados en Farenheit, los kilómetros en millas y los gramos en onzas. Muy distinto a mi teléfono anterior, que competía en tamaño con el mando del vídeo, exhibía un diseño nada futurista y tenía menos funciones que un senador. Cuatro años me ha acompañado ese ladrillo y aún funciona. Confieso que le tengo cariño. Y es que se hacía querer. Siempre tenía cobertura. Allá donde jamás podría hablar con mi nuevo y fardón modelo, con el antiguo habría conversado sin problemas. Pero somos así de incoherentes. La moda es la moda y lo que menos importa de un teléfono móvil es si se puede o no hablar por él. Lo que cuenta es si puedes poner en la pantalla la foto de tu hija o si es posible que cada vez que te llamen suene la melodía del El bueno, el feo y el malo . Somos muy chorras.