Alegoría de Aninovo

BLANCA RIESTRA

SOCIEDAD

02 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

EL SÁBADO, en el súper, me di de bruces con una alegoría. Y es que, en diciembre, las alegorías son como los virus de la gripe: proliferan. A primera vista, nadie lo hubiera dicho. Era Nochevieja y la calle estaba vacía y perfumada de pólvora y marisco. El súper estaba remansado como un charco. Y de pronto percibí la alegoría. Bien es cierto que cualquiera hubiera podido confundirla con una de esas viejitas contrahechas que apenas levantan un palmo del suelo, de esas que tardan diez minutos en dar un paso, que pugnan por no derrumbarse junto a la fruta y la verdura. Un ecuatoriano compraba caquis. Y entonces, la viejita se dirigió a mí y me pidió que le alcanzase una lombarda: «Esa de ahí, la más pequeña». Fue aquello lo que me hizo comprender. Y es que, corríjanme si me equivoco, pero sólo las alegorías comen todavía lombarda en Nochevieja. Pensé «quizás sea la Paz o la Justicia que prepara su kermesse de Fin de Año». Pero entonces me fijé mejor y vi que tenía bigotes, unos bigotes finos de ratón. Entonces me dije: «Quizás sea el Año que se acaba y me saluda». «O quizás -si uno tiene en cuenta los bigotes- sea la España del Cid travestida de señora». Era una tarde remansada, la última del año y, en el fondo del súper, unos franceses buscaban volovanes. Mientras la alegoría misteriosa conversaba con un puerro, me di la vuelta y pensé que, al fin y al cabo, tal vez sólo fuese una vieja madrileña despistada.