Reportaje | La aventura de un jesuita de A Pobra en el país de la Gran Muralla Le llamaron loco por querer ir a Oriente a evangelizar, pero sólo Mao pudo interrumpir su apostolado. Aun así, regresó y lleva allí medio siglo
18 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Comparte nombre y apellido con un atleta coruñés y a sus 88 años tendrían que colgarle una medalla. La entrevista telefónica pilla al padre Andrés Díaz de Rábago subiendo unas escaleras en Roma, a donde ha ido a ver al Papa Ratzinger, pero no se le oye ni un resoplido ni quiere una pausa para relatar la historia de su vida, que contará mañana martes, a las ocho de la tarde, en la Fundación Barrié de A Coruña. Nació en A Pobra do Caramiñal, «a la orilla del mar», rememora. De niño rezó con fuerza a San Francisco Javier para ser misionero en China. «Parece que me escuchó», bromea, pues allí lleva 50 años. Pero su vocación no se materializó hasta que, tras licenciarse en Medicina en Santiago en 1940, decidió ingresar en la Compañía de Jesús en Salamanca. «Buscaba algo más que ser médico. Me pareció que podía sacrificar un amor terrenal por otro mayor, pero lo pensé mucho tiempo. Se puede ser misionero y estar casado, pero yo quería entregar toda mi vida y hacerlo en un sitio lejano. Le propuse al superior ir a ejercer a China. Me parecía el mejor lugar para ser misionero y médico». Lo enviaron a Pekín en 1947. Tuvo que aprender el idioma. «¡Lo que me costó hablarlo!. Además de los signos, las palabras cambian de significado con el tono. Mao, por ejemplo, quiere decir gato o pelo según cómo lo pronuncies. Así que podías estar llamando a Mao Tse Tung señor gato o señor pelo», cuenta entre risas. Pero el líder comunista, significó otra cosa en su vida. «Yo llegué a China cuando no era comunista, pero ya se respiraba un ambiente de guerra civil», relata. En 1949, cuando Mao proclamó la República Popular China, Andrés Díaz de Rábago estudiaba Teología en Shanghái. «Allí entraron sin pegar un tiro porque el otro bando ya se había ido. Pero los comunistas habían disparado salvas y las balas cayeron en el seminario. Como precaución salimos del mosquitero y dormíamos bajo la cama y, claro, las balas no nos dieron, pero los mosquitos nos acribillaron», cuenta. Ayuda a los refugiados En plena ocupación, atendió a cientos de pacientes en los campos de refugiados de Shanghái acompañado de una doctora francesa, una monja belga y un grupo de estudiantes. «Fue fantástico poder ayudar a tanta gente. Íbamos una vez por semana hasta que me quedé solo y luego ya ni eso, los propios enfermos me dijeron que no volviera al campo porque tenían miedo, ya que la policía les interrogaba sobre lo que yo hacía», explica. Y llegó el día en el que los extranjeros ya no fueron bienvenidos en China. En abril del año 1952 les anunciaron que deben dejar el país. «Fue uno de mis grandes disgustos. No queríamos abandonar a nuestros hermanos chinos», asegura. Decidieron adelantar la ordenación de 19 sacerdotes, Andrés Díaz de Rábago, ?entre ellos. «Alguien del Gobierno avisó de que se preparaba un golpe contra el seminario y de que se podría parar si nos íbamos de allí. Así fue. Lo que no imaginábamos era que aquella había sido la última ordenación de sacerdotes extranjeros en China. Éramos los últimos de Shanghái», comenta. «Más que miedo, en aquella época sentía fidelidad a la vocación misionera. Quería estar con el pueblo que sufría hasta el final, porque el Capitán Araña no abandona el barco antes de hundirse. Quizá éramos de un gran idealismo sentimental, pero queríamos estar al pie del cañón», recuerda. El día que se fue, lloró.