MI MADRE es la autora de algunas de las frases más sabias que he escuchado a lo largo de mi vida. Cuando era niño y en el verano me quedaba en casa leyendo en lugar de tomar el sol en el jardín me decía: «Ven aquí afuera, que el invierno es muy largo». Inapelable. Hoy en día leo siempre al sol, si puedo. Cuando me preguntaba que qué tal llevaba el examen y yo le decía que para aprobar valía me espetaba: «Suspenderás, para sacar un aprobado hay que ir a por el diez y así te quedarás en el seis». Profética. Fueron muchos los cates que me cayeron con ese sistema de salir a empatar. Cuando no quería comer pescado y mi padre se desesperaba, sentenciaba: «Déjale, a más tocamos, ya le gustará cuando sea mayor». Llena de verdad. Hoy mataría por un buen rape, un sargo o cualquier cosa con branquias. Cuando en los años locos de la universidad la noche y las copas se alargaban y me veía bebiendo agua nada más despertar, me largaba: «Quien borracho se acuesta, con agua se desayuna». Pillada total. Y ahora que soy padre primerizo y me ve nervioso cuando la niña revienta a llorar, afirma con esa confianza que da la experiencia: «Déjala, que cuanto más llore, menos mea». Indiscutible. Mi madre es la bomba. Siempre tiene una frase mágica para cualquier situación, pero todas sus sentencias axiomáticas podrían resumirse en una que es vital para saber llevar esta vida a veces caótica: «Ante todo, mucha calma, que no hay mal que por bien no venga».