14 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

A VECES se queda uno roto. Con el corazón a brincos. Impresionado. Hay cosas que hielan la sangre. La dejan hecha cubitos que rascan las venas. Te crees que el mundo está dando sus vueltas. Tan tranquilo. Que todo está en orden. Hasta que comienzas a oír esas frases. Agónicas. Desgarradas. Más o menos, por lo que escupía la tele, decían cosas así: «Adiós a la ilusión». «Estoy destrozado. Yo hacía esto por mi hija». «Están jugando con familias enteras». «No soy vengativa, pero me quedo con la cara de ese tío del jurado». Estremecedor. Pero lo que te rompe no es la carga dramática de esas declaraciones de principios. Ni las lágrimas que las ilustran. Qué va. Lo que te deja hecho una piltrafa es que todo ese dolor proviene de gente que ha sido eliminada del cásting de Operación Triunfo . ¿Les parece poco serio? Pues no se crean. Echen cuentas de los miles de personas que se pasan por el sarao. Con sus nueve horas de cola incluidas. Y párense a pensar en lo atacados que se quedan si no entran en la ¿academia? Claro. Ahora el asunto ya pinta más grueso. ¿No? Más preocupante. Porque su vecino puede ponerse así. Sus amigos. Su sobrina. O usted mismo. ¿Acabará OT siendo una asignatura obligatoria en el colegio? ¿Preparará la gente la prueba tal que unas oposiciones? ¿Estamos todos fatal de la cabeza? Y lo peor es que la culpa la tienen Nina, Chenoa, Bisbal y otros héroes al uso. Acongojante. Como mínimo.