26 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

NUNCA la música popular resultó tan útil como en el caso de esa gallega desmemoriada en Miami a la que al fin identificaron gracias a una sola pista: la mujer tarareaba sin parar canciones de Los Tamara. Se le olvidó su nombre, su familia, todo su pasado, excepto que «A Santiago voy ligerito caminando, con mi paragüitas que la lluvia me está mojando...». Los del CSI Miami nunca lo habrían adivinado. Los de Las Vegas, seguro que sí, porque a Grissom se le habría ocurrido tomarle una muestra dental y seguro que le quedaba algún resto del último lacón con grelos. Es importante retener en lo más profundo de nuestro cerebro algunas melodías tradicionales por si nos perdemos en el bosque de la noche. Las raíces es lo que tienen. Te pones a interpretar «Y la cabra dijo al cabrero: leri lolo leri lololé híhú» y te buscan en el Tirol. Que te sabes «Ariteshimako kitaró», pues te sitúan en Tokio. Que cantas temas de Carmiña Burana, te encuentran en la Xunta. Si un mal día entro en estado de shock y no me acuerdo de mí, y canto «quérote tanto Galicia, Galicia, quérote tanto, miña terra queridiña non te podo olvidar» que sepan que de Ana Kiro lo único que me gusta es su capacidad anfibia de adaptación, y que me voy a chapar su discografía por si en un episodio senil me encuentro rodeada de Chicas de Oro en algún lugar de Florida. Pero si me da por entonar «apaja o candil, marica, chus, chus», no hay duda. El daño es irreparable. Perdí la chaveta.