LA LIBERTAD es poderosa, decía ayer George W. Bush, refiriéndose a las elecciones en Afganistán y no a la posibilidad de que sus conciudadanos lo manden en noviembre a pasear por Texas. La verdad, es reconfortante la imagen de las largas colas de mujeres con túnica y hombres con turbante o con pakol (ese gorro aplastado que parece una empanada) delante de las urnas. Hasta los señores de la guerra se adaptan y empiezan a convencerse de que para llegar al poder no hace falta matar a nadie. Ellos se extrañaban, y preguntaban si no había que matar ni un poquito, y los asesores internacionales les explicaron que no, que basta con presentarse, hacer una campaña y esperar a que te voten. Los señores de la guerra se preocupan, lógicamente, por lo que van a hacer con tanto Kalashnikov que queda ahora desocupado: es la segunda reconversión. La primera la hicieron cambiando el sacho por el fusil de asalto, que no parece muy propio como apero de labranza, aunque vaya usted a saber, teniendo en cuenta que uno de los principales cultivos es el opio. Afganistán es uno de esos países tan pobres, tan pobres, que la gente corriente apenas tiene para pan, pero casi todos tienen para un Kalashnikov. Son los milagros de la formación de precios. La labor inmediata es cambiar mercadillos de la munición por mercados de abastos. La pega está en que los televisores son casi tan baratos como los rifles de asalto y los ejemplos que Occidente pone en antena tampoco son demasiado edificantes.