A veces mirando el ordenador le dan a una ganas de zambullirse dentro e ir nadando hasta Yahoo que debe de ser una playa hawaiana. Google sería, entonces, un submarino ruso como el Kurtz. ¡Qué pena! Siempre me he imaginado Internet como una superficie líquida de planetas que se mueven por pasadizos llenos de fanta. Habitaciones que se abren y se cierran y gente que grita en los chats, páginas cursis o perversas, cifras, decapitaciones, Carmina Ordóñez, charcos de baba o burbujas de color. En Sunshine of the Spotless mind (traducido con poca fortuna al español como Olvídate de mí), Jim Carrey se pasea por su propia memoria que no es más que una sucesión de estancias contiguas por donde se suceden corriendo los fantasmas. Vayan a verla como alternativa a «Mar adentro», que está hasta en la sopa. Las ventanas son lisas pero esconden profundidad hilada en las esquinas y la hoja en blanco es una llanura brillante con cagaditas de mosca que son letras. Todo lo liso es cóncavo y, donde hay una superficie, bucean por debajo pirañas (que, claro, son las cifras en lenguaje htlm). Richard Branson, el empresario hippie, ha anunciado que, dentro de apenas tres años, su flota de aviones volará hasta las estrellas. Seguro que el espacio está lleno de logaritmos, de letras, de fetos que laten ruidosamente como pájaros. A veces sueño que me caigo por la pantalla del ordenador y desaparezco por un largo túnel negro.