Legiones invasoras y tribus galaicas retroceden dos milenios para recrear su primer choque Tres largas jornadas de festejos concluyeron en la tarde de ayer con el paso del Lethes.
22 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Décimo Junio Bruto irrumpió en Galicia por la brava allá por el 138 antes de Cristo. Fue el primer general romano con redaños para cruzar el mítico Lethes, el río del olvido, y adentrarse en el fin del mundo. La fiera resistencia de las tribus galaicas, atrincheradas en sus orillas, no fue suficiente. Sólo la caída del sol en el gran océano pudo acongojarlo hasta el punto de dar media vuelta y retornar a la ciudad eterna. Julio César y Augusto rematarían la faena un siglo después, en las postrimerías de la vieja edad. Ayer, el Limia transformó su leyenda amnésica en un agujero espacio temporal para dar un brinco de dos milenios y enfrentar de nuevo a castrexos y romanos en su primer encuentro sobre el fantasmagórico cauce, en Xinzo, capital de la Civitas Limicorum. El salto cronológico cumple su cuarta edición. Legionarios y centuriones brillantes, inmaculados, civilizados, los pijillos del mundo antiguo, contra hordas de celtas heavy metal, bravús e incontrolados. El fiestón, que sorprende por su organización cuidada y metódica, se extiende a lo largo de tres largas jornadas, que culminan con el paso del Lethes y una tarde interminable de hermandades, parrandas y queimadas. No obstante, y a la vista del campamento en el que durante los tres días conviven ambas etnias, la verdadera batalla se libra en la madrugada anterior. El amanecer desvela un auténtico naufragio de botellas, copiosas cenas churrascosas, legañas y sueños a media vela, que la banda de música se encarga de romper definitiva y contundentemente a mediodía. Dos mil años no son nada Dos mil años no son nada. Una centuria romana procedente de Cartagena se presenta a bordo de un pedazo autobús. Los senadores fuman ducados. Un guardia pretoriano pasa del caballo para descender con chulería resacosa de un BMW. Los celtas, que se han currado unas chozas de alucine, donde incluso apetece echarse la siesta y tal vez algo más, tampoco pierden el tiempo. Una chati castrexa porta un bolsito peludo tipo Armanix. Su compinche más cercana gasta gafas de sol y móvil de última generación. Otro cachorro céltico carboniza hamburguesas en una parrilla, sin echar de menos el manido jabalí. Un greñudo cabeza de clan, de coleta y ojos endemoniados, se escojona mientras desafía a los romanos; eso sí, que no falte el litro de birra y la colilla en los labios. De repente, todo estalla en una bulla monumental, breve pero intensa. Después, Astérix y César continúan la juerga abrazados.