LA MUERTE no tiene cara, pero hiela cuando te mira. El fotógrafo Robert Capa fue capaz de captar ese momento de negra intimidad en el que el hombre se enfrenta a su destino final. Fue un 5 de septiembre de 1936, en plena Guerra Civil española. Unos milicianos antifascistas combatían en el frente de Córdoba. Él los acompañaba. Inmortalizaba el momento de imprudente bravura mitad juventud mitad ensoñación utópica. Uno de ellos salta de la trinchera al tiempo que un soldadito de Franco aprieta el gatillo. Capa dispara su cámara en el mismo momento en el que el plomo perfora el corazón del joven recluta de la República. La imagen dio la vuelta al mundo y aún hoy es fruto de estudio. La instantánea explica mejor que mil libros de texto lo que fue la Guerra Civil. Lo que supuso para España la pérdida del sueño de democracia, igualdad y justicia. El último estudio que se ha hecho sobre esta mítica fotografía es el que más me ha impactado. Uno de los compañeros de armas del combatiente abatido dio nombre a lo que hasta entonces había sido sólo un icono que denunciaba la crueldad de la guerra y la brutalidad fascista. El miliciano dejó de ser anónimo. Se llama Francisco Borrell García y era alicantino. Tenía una novia con la que nunca pudo casarse. Era de la CNT. Sus padres vivían en un pueblecito cerca de Alcoy. Eran panaderos y tenían un pequeño horno en el bajo de su vivienda. Ahora no dejo de pensar en tantos y tantos muertos que he visto fotografiados o en la tele. Todos tenían una vida. Una historia sesgada que deberíamos conocer para ablandar el callo que tanta barbarie ha hecho crecer en nuestros corazones.