NO HACE mucho Internet era ficción. Como los libros de Asimov. Pero con sólo un endemoniado tic-tac del reloj se nos coló por los poros. Oficina, casa, banco, móvil... Seguro que tiene una conexión en el infierno. No hace mucho, chatear era ir de vinos. Engancharse era sinónimo de veneno. Un virus, una enfermedad microscópica. El correo era el pan del cartero. No hace mucho, un gusano era un bicho. Y ni dios sabía lo que era un hacker . Pero, en un tic-tac del reloj, la Red ya te toca las palmas todos los días en las narices. Ya es una inmensa colmena virtual. De genios y pederastas. De basura y brillantez. El mayor escaparate y el mejor escondite. Un colosal templo de comunicación. Y un inmenso burdel. Pura contradicción. No hace mucho Internet era ficción. Ahora es una verdad como un puño. Su caos es su virtud. Y su tumor. Sólo en esa maraña de datos un chaval de 18 años puede chulear al sistema desde el sistema. Liberó a los demonios desde Walffensen. Con una pegata de Homer Simpson cabreado en su leonera, el amigo infectó, de broma, a 18 millones de ordenadores. Incluidos los de la Xunta. ¿Dónde está el límite? Para mí que los sabios ni lo huelen. ¿Qué mejor ejemplo que el imberbe alemán que los dejó atontados? Para mí que la red va desbocada. Que un día, a lo peor, revienta preñada con nuestros datos. Que en una de estas salta otro niñato superdotado en Hong Kong, en Dublín o en Oleiros y, pasando el rato, nos deja sin documentación. Sin tarjeta sanitaria. Sin crédito. Sin carné de identidad. Y sin vida. Como en un cuento de ficción. De los que Asimov escribía no hace mucho.