EN MI VIDA he conocido pocos genios. Uno de ellos nos abandonó ayer después de tomarse un zumo de naranja matutino. Era el padre de un amigo. Bueno, más que un amigo. Un compadre. Un hermano. Este hombre sin igual jamás confió en las tarjetas de crédito, ni en el pago a plazos y miraba con recelo toda cuanta chorrada lleva aparejada la falsa modernidad. Era un ejemplo de laconismo, pragmatismo y estoicismo. Un tipo especial, tranquilo. Estuvo en su sitio, sin perder los papeles, incluso el día en el que le tocó dejar este mundo. Era una de esas mentes privilegiadas, visionarias, que aparecen por generación espontánea en cualquier rincón del planeta, por recóndito que sea. Una vez revolucionó a media parroquia cuando decidió unir el salón de su casa a la cocina a través de un arco de media punta. ¡Sin puerta! Aquello fue difícil de digerir para muchos ortodoxos del feísmo. La genialidad del padre de mi amigo brotaba en cualquier parte. Hace unos meses tomábamos una cerveza en una terraza y la conversación nos llevó al último accidente de tráfico cuando el sentenció: «No sé por qué a esas carreteras les llaman vías rápidas -el siniestro tuvo lugar en la de O Salnés -, así incitan a la gente a correr. Deberían llamarlas vías seguras». Al poco tiempo, la Xunta anunció que les cambiará el nombre por uno que no anime a pisar a fondo el acelerador. Siempre decía que todo era provisional. Que la propia vida es provisional. Era un genio. Y como tal, sólo le preocupaban las cosas que de verdad importan: que el sol entrase por su ventana, que los ríos sigan teniendo truchas que pescar y que aquellos que le rodeaban se llevasen bien.