ES HIJA de la década de los veinte. Del rural. De las lareiras y la labranza. Una brillante nevada de canas le cubre los tupidos rizos. Su rostro es un mapa de arrugas. Tiene ojos negros, antiguos y húmedos de un llanto demasiado habitual. Lleva casi toda la vida vestida de negro. De luto eterno. Enterró a sus abuelos, a sus padres, a su marido y a cinco hermanos. Para ella, el cementerio es un baúl lleno de recuerdos, de fotos sepia y nostalgia. Vive en la casa en la que nació. Hace medio siglo era un hogar. Un hervidero. Ahora son paredes. Una caja fría. Una mortaja. Sólo sale si alguien le acompaña. Cosas del vértigo. La cuerda floja de la edad. Los servicios sociales le dan seis horas de compañía a la semana. La familia, poco más. No hay nadie cuando se levanta. Ni cuando se acuesta. Ni cuando come. Ni cuando cena. Sólo el triste tic-tac de un reloj de pared. Para ella una charla es un regalo. Un bien escaso. Últimamente andaba muy triste. Se ahogaba. No era capaz de cerrar el grifo de las lágrimas. No dormía. Cada maldito tic-tac le sonaba a martillazo en el alma. Cuando el médico le dijo que tenía depresión tuvo que explicarle lo que era. Meses después, sigue sin entenderlo. Dice que esas pastillas la adormilan, pero no la curan. Porque no apagan el endiablado tic-tac. Porque la casa sigue vacía. Fría. Porque no se han llevado el terror a morirse sin nadie al lado. Tiene ochenta años, ojos negros y un eterno luto. Apenas sabe escribir. Pero sabe, algo se lo dice, que no está deprimida. Ni enferma. Está vieja. Sola. Y para eso aún no hay medicina.