TOKIO es una nave espacial negra y blanca y luminosa, un enorme hotel de lujo con tiendas y bares enmoquetados y puertas que se abren con tarjeta. En Lost in traslation , Sofía Coppola filma un Tokio de fin del mundo donde la soledad es roja y el insomnio persistente, inmotivado, de televisión encendida y ojos grandes. En este entorno de ciencia-ficción, de paréntesis fuera del tiempo, dos desconocidos se conocen. Un viejo actor solitario en decadencia y una chica que acompaña a su marido fotógrafo y se aburre. Los dos extraños, perdidos en Japón pero también dentro de sus propias vidas, se hacen amigos. Ambos se sienten confundidos, burlados por una realidad de la que ignoran el código. Una sonrisa en el bar y complicidad y risas porque ninguno tiene miedo del otro, porque ninguno finge, porque ninguno busca nada más que compañía. Lo que ocurre después es pura sutileza, pura magia cinematográfica. Un paréntesis quieto de minutos largos, remansados. La chica y el hombre comparten risas y soledad, confidencias, vida nocturna, horas de vigilia, una comunicación construida al margen de lo otro. Pero como todo lo hermoso, la amistad se tambalea por momentos y tiembla, tocada por otra cosa mayor (o menor según se vea). Otra cosa que nunca llega a formularse, pero que se queda para siempre revoloteando en el margen de la página, del cuadro, de la escena, como una mariposa delicada. Una mariposa a quien tenemos miedo de estrujar de un manotazo. Por eso dejamos que levante el vuelo y que se escape.