LOS budistas tibetanos creen que Tenzin Gyatso, el Dalai Lama número 14, es el Buda viviente y la reencarnación de sus 13 predecesores. En Occidente respetamos a quienes así piensan, pero en su fuero interno muchos cristianos contemplan estas personalidades heredadas con un secreto pitorreo. Los musulmanes creen que una laconada y unos grolos de tintorro bastan para cerrarte el paso al paraíso. Según las interpretaciones más rigoristas de las enseñanzas del profeta de Medina, la mujer es un cero a la izquierda y no puede ni enseñar sus cabellos. Las creencias cristianas nos son familiares, porque son las nuestras. Pero a diferencia de otros credos, el sarampión del fanatismo ha quedado atrás. En 1481 la Inquisición se estrenó con su primer auto de fe, torturando y ejecutando en Sevilla a un grupo de cripto judíos. Hasta el tardío siglo XVIII, en España la autoridad eclesiástica siguió dictando penas de muerte por herejía. Hoy, tales prácticas nos parecen inconcebibles, y más admirando el maravilloso mensaje fraterno del fundador del cristianismo, en las antípodas de tal barbarie. A diferencia de lo que ocurre aún en el mundo musulmán, el catolicismo se ha centrado en su esencia espiritual gracias a la formidable idea ilustrada de separar la Iglesia y el Estado. Los jefes de la Iglesia apelan a la moral personal de los que libremente abrazan su fe, pero ya no pueden dictar normas coercitivas que obliguen a quienes se sienten ajenos a sus misterios. Por todo ello, es incomprensible que, apelando a las normas de una religión que sólo obliga a quienes la eligen, existan líderes de la jerarquía católica que recomienden no usar condón en zonas de África masacradas por el sida. El cardenal López Trujillo, responsable del Consejo Pontificio para la Familia, asegura incluso que el preservativo no es una barrera frente al VIH. La OMS sostiene que hay pruebas científicas que avalan que el látex frena al virus. Si la teoría del cardenal cala, miles de chavales africanos pueden infectarse en nombre de la moral sexual (cada 14 segundos, un adolescente se contagia del sida). ¿Qué eligiría Jesucristo: la muerte de los críos o el látex? Muchos católicos anónimos nos lo preguntamos muy en serio. Y la verdad, no nos salen las cuentas de López Trujillo.