MARÍA y Arnold representan ese modelo de pareja de apariencia incorruptible que, por lo visto, se ha convertido en imprescindible para todo político que aspire a triunfar. Un futuro gobernante debe procurarse una compañera con pegada que aporte ese toque irresistible que garantiza su presencia en foros más mundanos que los de la alta política, en los que probablemente se cocina a una gran parte del electorado. Los ejemplos son numerosos. En plena crisis de popularidad por el asunto Irak, Tony Blair encomendó a la simpar Cherie que se arrancase ante los anonadados estudiantes de una universidad china con una versión Downing Street de la canción When I'm 64, de los Beatles. La interpretación fue grabada y remasterizada por un cachondo mental que la convirtió en uno de los hits del verano ibicenco, que ya es decir. Podría parecer grotesca la inclinación de Cherie por la mueca -sea ésta del bigote o de las cuerdas vocales- pero el mensaje subliminal convirtió a los Blair en una pareja que rezumaba humanidad espontánea. Otras «mujeres de» han elegido el camino de los cuentos. La versión de Caperucita y otros relatos perpetrada en su día por Ana Botella sugirió en el fondo que los Aznar eran un tierno matrimonio que había aprendido como dios manda la moraleja. El último tándem lo han pedaleado María Schriver y el desinflado Arnold Scharzzeneger. La chica -¿no le encuentran una boca muy Ana Botella?- aportó el apellido Kennedy, el abolengo americano, el toque demócrata y una serena e inexplicable comprensión por los toqueteos extra cinematográficos de su descomunal marido. Un lujo.