ARNOLD ALOIS nació hace 56 años, en una aldea montañosa de sólo un millar de habitantes, cercana la remota frontera con Hungría. En la agónica penuria de la posguerra mundial allí no había mucho que rascar. Arnold Alois, nuestro pequeño gañancete alpino, buscó un desahogo en los deportes: fútbol, atletismo, boxeo. Pero los juegos de equipo no satisfacían su ego. Así que probó con el culturismo. Con sólo 16 años logró el segundo puesto en un torneo local de cachimanes. Y a los 19, fue elegido el europeo Mejor Desarrollado . Con 21 años, Arnold se larga a EE. UU. Una decisión intrépida: aterriza sin saber inglés y con 106 kilos de músculo inflado como única posesión. Hoy, tres décadas después, es un astro de Hollywood, está casado con una Kennedy (la nobleza de América) y ha hecho una fortuna: el año pasado pagó 10 millones de dólares en impuestos y hasta es dueño de un Boeing 747. La integración del austríaco Schwarzenegger es tan perfecta que aspira a ser gobernador de California, estado que constituye la quinta economía mundial. Imaginemos ahora que a un culturista marroquí de 21 años le da el punto de emigrar a España. De entrada, no le dejarán entrar sin contrato de trabajo. Para pillar casa le calcarán una fianza de seis meses, por guiri . Una vez acomodado en un piso-bonsai con otros doce, aspirará a algún trabajo manual con un elegante contrato-basura. El domingo podrá ir a un parque público a tomar el aire con otros marroquíes, pues hacer amigos locales le resultará imposible. Allí, las entrañables y vivarachas abuelillas indígenas rosmarán aquello de «¡ay, con tanto moro, ya no sé dónde vamos a parar!».