Bebedores

EDUARDO CHAMORRO

SOCIEDAD

DIAGONAL

29 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EL alcohol ofusca el entendimiento, merma la memoria y especializa la voluntad en el único sentido de seguir bebiendo. Todo eso es malo para el bebedor y peor para quien caiga a su lado. La ofuscación que produce el alcohol en la cabeza coloca al bebedor entre la sandez y la tontería, entre la necedad y el total embrutecimiento. Llega un momento en que ya no sabe ni a quién conoce ni dónde dejó la copa que tanto se empeña en que le llenen de nuevo. Esas son algunas de las cosas que tienen que ver con el bebedor. Son peores las que tienen que ver con quienes se mueven a su alrededor, a su alcance y totalmente desarmados. Porque el bebedor se crece en su anhelo de enseñar y disipar las dudas. Ofuscado como está, insiste en definirse. Con reiteración «Yo soy un tío grande, ¿sabes? Y tu eres una mierdecilla. ¿A que eso no lo sabías? Pues ya te digo.» Eso en cuanto a su ofuscación, un estado mental que le lleva a considerarse un diamante en mitad de la basura. A continuación, el efecto que le produce la merma de la memoria le lleva a reiterar lo dicho. «Pues sí. Soy de lo más elegante y distinguido en este lugar de cagachichos. Aquí soy el único que sabe hacer la O con un canuto. Es más, a veces la hago con un palo apoyado en la arena y dando vueltas sobre mí mismo. Es que yo nací para el ballet, no como éstos, que nacieron todos paralíticos». El bebedor bebe con la verdad por delante, esa es la fuerza de su voluntad. No está dispuesto a que le tomen el pelo o le confundan la razón o le saquen de la senda clarividente desde la que ilustra a los demás y al mundo. Es absolutamente firme en su condición de latazo. Los más gratos Aunque lo estragos del alcohol no son indiscriminados. Existen los bebedores que beben como si quisieran perderse en el silencio y licuarse en la transparencia del pasar totalmente desapercibidos. No son ni mejores ni peores que aquel. Sólo son mucho más gratos.