Llama un señor desde Portugal para advertir de las graves consecuencias que podría tener la crónica del martes 27, en la que se narraba lo ocurrido en dos visitas (la última, el lunes 26) a la albergaría del Monte do Faro de Valença do Minho. El nuevo propietario de la casa entiende que el comentario ocasiona graves perjuicios a su negocio y exige una rectificación, pero difícilmente se pueden rectificar los hechos. Sí se puede dejar constancia de la queja y afirmar que los nuevos dueños ya no sirven paté de jabalí ni esparragado, y que tampoco se hacen responsables de los misterios y soledades que ofreció la casa antes de su llegada. Aunque fuesen precisamente aquellas extrañas circunstancias el mejor recuerdo de la visita y el mayor aliciente para volver. (Para la cronista, a ver si nos entendemos). Las noticias de Portugal llegaron a Ribadavia minutos antes de subir al tren que pasa a las nueve y cinco de la noche rumbo a Ourense. Mirando hacia la locomotora, asiento de la derecha: allí hay que ir. La vía bordea la ribera del Miño y la panorámica, con la ventana abierta o cerrada (se agradece a Renfe que dé la posibilidad de elegir), aparece una vez que el telón de carballos del primer término se abre y enseña toda la profundidad del río y de los valles aterrazados del Ribeiro. Abre y cierra. Abre y cierra. El horizonte menos verde y cada vez más gris. Ya son las nueve y veinte de la noche del 28 de agosto. Oscurece antes. Las llamas se ven mejor. El telón está ardiendo y más abajo también. Ourense está ardiendo. Lo dice un taxista al llegar. Huele a piedras quemadas y la mente recurre al tópico del sol ourensano, pero el olor no es de eso, es fuego del peor. Sol hizo ayer, tanto que en la rúa Cervantes anuló los pocos sentidos que quedan. _¿Me pone un agua? _Éste es un bar de chicas, pero te pongo, mujer. Del puticlub a la catedral, muy recomendable después de comer en el Pingallo bajo el mismo plátano del que tomaba apuntes un famoso pintor, el Pingallo de Otero, Risco y Blanco Amor, Celso Emilio Ferreiro, «qué clase tenían, sabían estar», recuerda el dueño; Pingallo de gran comedor y ventanas esmeriladas de guillotina. Y el Orejas, desde el sótano del Principal; el de Enrique, en la rúa de Lepanto; el de Tucho, que ya no existe... A los de Ourense siempre les gustó beber y ahora que cierran las tascas viejas abren unas tabernas finas para tomarse el pinchito y el vino de bouquet . Luego hay que ver muchas cosas. Los cafés, al estilo antiguo; las tiendas de pueblo de Cervantes y Colón; las plazas del casco viejo, la casa que van a hacer en la del Ferro, a ver cómo queda, el club termal japonés encargado por el alcalde (un esteta, dicen), las señoras en las terrazas del Paseo, qué bien visten en esta ciudad, el cementerio, el puente... Ourense hay que verlo, pero mejor en invierno, sin fuego.