Perdidos en la Ciudad Vieja

SOCIEDAD

04 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Hace tres días una pareja de valencianos desorientados echaba la culpa de su desgracia a la mala señalización. Habían elegido Santiago como lugar de pernocta en su viaje por Galicia y, sin saber muy bien por qué, como si el viento, en lugar de su cabeza, les guiase por estas tierras, habían ido a parar al patio de armas del castillo de San Felipe de Ferrol. Allí estaban los pobres, en medio de la explanada, mirando a un lado y a otro con la esperanza de que apareciese un fenómeno extraordinario, una princesa pastando un dragón o algo así, que compensara el viaje. Pero ni dragón ni princesa. Quien apareció fue una pareja de nativas, normalitas de todo, que les aconsejaron dar un paseo por la playa de Doniños, a ver si el mar salvaje les ayudaba a poner las ideas en orden. Y es que ser turista debe de resultar fastidiado. El recuerdo de los valencianos se asomó ayer a la puerta de la casa de Emilia Pardo Bazán, sede de la Real Academia Galega, rúa coruñesa de Tabernas. Una mujer con acento catalán pedía ayuda al borde de la histeria. «Por favor, ¿dónde está el mar? Díganme dónde está el mar que me he perdido». «Pues a buen sitio fue a encontrarse», bromeó uno con fonética hipercoruñesa. «¡Mandádea ó Chino!» (¿boya? situada frente a la Torre de Hércules que sirve de guía a pescadores y navegantes), recomendó otro. Ya se había formado corrillo. Cachondeo total. Pero el asunto no estaba para bromas y alguien, haciéndose cargo de la situación, propuso un enigma: «A ver, señora, ¿qué mar quiere usted? Aquí hay muchos, el de Riazor, el del Orzán, el de la Torre, la Dársena, el del puerto... ¿No se acuerda de nada que hubiese cerca?». Alzheimer. La mujer estaba en el corazón de la Ciudad Vieja coruñesa, a cincuenta metros del mar, desorientada, traída y llevada por la marea humana que ayer domingo se lanzó a la conquista de la feria medieval, la feria del libro, la feria de artesanía, el festival de habaneras, el certamen de casas regionales, el rejoneo taurino, el paseo en tranvía, María Pita, el jardín de San Carlos, la tumba de Drake, el faro romano, los museos, las galerías, los escaparates de lubrigantes y todas esas visitas imprescindibles que ordenan las guías turísticas antes de relajarse en la playa con el concierto de Chenoa, Gisella y Bisbal. O antes de encerrarse en el hotel y recurrir al «yo de aquí no me muevo». Porque la ciudad estaba a reventar. Nunca se vio tan habitada la zona vieja, la misma que ve pasar con rutina el resto del año, con sus ancianitas solitarias besando las piedras de la cuesta de la Colegiata, con su bollito de pan, que ya es la una, tocan las campanas de la iglesia de Santiago y cesa el martilleo obrero en las casonas que están comprando los importantes de la ciudad. Habrá que verlo en diez años este casco viejo, residencia de ricos, expropiado a quien no espabile, rehabilite, venda, alquile, ceda, done, legue, que vacías y cayéndose las casas no pueden estar. Ayer no cabía un alma. Para entrar en la plazuela de las Bárbaras, donde las acacias y las monjas clarisas, había que guardar una cola desfigurada que marchaba (cuando marchaba) a ritmo de procesión. Perfumes, aceites, mieles, espejos, collares, cueros, conservas, especias, juguetes. Mucho que ver y más aún que esperar, así que de puente a puente, que nos lleve la corriente. Hasta las Bárbaras, hasta el puesto del tiro al arco, una atracción para adultos (se deduce del tamaño del arco), pero extrañamente ocupada por público infantil, cada vez más niños, cada vez más bajitos. El último, porque la paciencia no dio para más, fue una minchiña de dos años con cara de malas pulgas. El arco doblaba su estatura, ni con ayuda podía tensar, pero así es la vida de niño. Y así es la de los turistas. Si uno no sabe perderse va fastidiado.