Cuando los globos se hinchan de aire caliente parecen nubes de colores. O mofletes colorados. Pues así están míos minutos antes de embarcar para el vuelo BER 01 con origen en Bardanca, un magnífico prado rasurado para el heno, y destino en donde se pueda pero tirando hacia Baris, parroquia de Rus, cuyos admirados vecinos ya tienen de que hablar para los próximos años. Y eso que en el aire uno se queda como sin palabras. En fin, es el principio. Subimos lentamente. En seguida alcanzaremos la nubes blancas. O por ahí. Ese era el lugar de los sueños cuando éramos pequeñines. Nos lleva Diego Criado del Rey Sáez, de Valladolid, presidente de la Comisión Técnica Nacional de Aerostación, quien incluso ha cruzado el Polo Norte y el Polo Sur. En globo, se entiende. Buen bagaje para atravesar, pues, Carballo. Da la confianza que se pierde (instinto inevitable de conservación) cuando ascendemos. Con él viene Juan Pedro Rodríguez. En la escalada , a media distancia estallan unas bombas de palenque. Parecen antiaéreos. Preferimos pensar que son salvas de saludo, testigos de fiestas patronales o el micrófono de Chenoa y Bisbal que, allí abajo, deben estar ensayando el concierto que darán dentro de un rato. Y ya estamos arriba. En el territorio aquel de los sueños. A setecientos metros o por ahí. Se sabe la altitud por la orientación del sol sobre el horizonte, los cálculos en relación a los montes cercanos y porque Diego también lo dice. Pequeñines todos Desde arriba, los pequeñines son los de abajo. Lo cual que da que pensar un poco sobre el sentido de la vida. Además, hay una paz de esas que hablan en los programas de vivencias psíquicas. Un silencio ciertamente inexplicable. Si hasta hablamos bajito. Si aparece un túnel con luz blanca al fondo pensaré que estamos a un paso del the end . El fuego del gas propano nos devuelve a la vida. Sopla tan fuerte que los perros ladran. A los perros no le gustan los globos aerostáticos. A la gente que nos mira, sí. A mí más. Al vértigo, ni caso. Diego suelta el testigo y buscamos tierra. Antes superamos una línea de alta tensión que -de nuevo el instinto de conservación- nos podría haber llevado al túnel en cuestión. No ha estado mal. Media hora, cinco kilómetros. Poco para el territorio de los sueños. Antes estaba más lejos. Bajamos a un prado que ha sido alimentado con purín recientemente. A Diego le da por bautizarme. Con tierra (la alimentada), con agua embotellada, fuego en el pelo y el aire que respiramos. Es la tradición. Desde ahora soy Miñato de Galicia. Hay libertad de nombres. Arriba fui rapaz de nuevo.