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SOCIEDAD

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ EN TINTA CHINA

01 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Nkosi Johnson ha muerto. Descanse en paz. Cumplió doce años cuando los médicos sólo le habían dado nueve meses de vida. Fue capaz de hacer cuatro cursos de primaria, de jugar en los recreos como un niño más. Nació seropositivo como demasiados. La cometa de su vida apenas tenía cuerda. Llegó a todo el mundo cuando reclamó en la conferencia internacional del sida que los enfermos no fuesen tratados como apestados. Su voz de niño y el trazo de su sonrisa nos dejaron sin habla cuando se limitó a llamar a la injusticia: injusticia. Ahora ha callado para siempre. Ahora, más que nunca, debemos pensar en un legado Nkosi y luchar contra los que creen que el virus es una lacra. Su vida fue un desafío, el peor de los desafíos. Supo nadar a contracorriente hasta que se ahogó. No dejemos que su mensaje se lo lleve una riada de mentiras. ¿No será mejor hablar de este chaval y olvidarnos del samurai que bebió la sangre de toda su familia con su katana? Digo yo.