FRANCISCO DOMÉNECH EL PERFIL
07 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.e busca. Ronnie Biggs ha llevado esa etiqueta de forajido desde los quince años, cuando robó unos lápices de la escuela. Pronto se convirtió en un habitual de los juzgados por delitos menores, y su padre lo metió en la academia militar con 18 años. El rumbo de este hijo de obreros parecía enderezado hasta que robó una farmacia y fue expulsado del ejército. Así comenzó una etapa de 14 años en los que pasó menos tiempo en su casa que que en la cárcel, donde conoció a Bruce Reynolds. El cerebro del robo del siglo metió a Biggs en el ajo sólo porque era su amigo. Sin un papel relevante, era el único que no pertenecía a las dos bandas londinenses que se unieron para el atraco. Como siempre, lo pescaron, pero esta vez no fue culpa suya, sino del que se olvidó de quemar la guarida para borrar las huellas. Sentenciado a 30 años, tuvo suficiente con 15 meses en prisión, de la que huyó en un camión de mudanzas. Fue el principio de una fuga con escala técnica en Francia para cambiarse la cara con una cirugía estética. La siguiente parada fue en Australia, de donde huyó por los pelos en 1970 hacia Brasil, y allí se perdió su pista hasta que la encontró un sabueso de Scotland Yard en 1974. Pero la detención indignó al gobierno brasileño y Ronnie tenía las espaldas bien cubiertas. En medio de su orgía de tres décadas al sol de Copacabana, tuvo el afortunado desliz de dejar embarazada a una bailarina, lo que le libró de la extradicción. Para entonces ya era una leyenda, y pudo sobrevivir después de haber despilfarrado su parte del botín. El ladrón más buscado de Gran Bretaña hizo una fortuna vendiendo camisetas y gorras con su nombre. Metido en su papel de showman, el ídolo del Dioni grabó la canción Nadie es inocente con los Sex Pistols y volvió a nadar en dinero gracias a los royalties. Mal asunto, viviendo en Brasil. En un país con un índice de criminalidad cuatro veces superior al de EE UU, comenzó a ser una pieza codiciada para los gangsters locales. En 1981, fue secuestrado y llevado a Barbados, donde lo arrestaron y terminó en el corredor de la muerte. Allí realizó un numero de escapismo que lo sitúa a la altura del Gran Houdini: cuando la extradicción a Gran Bretaña parecía inminente, los abogados de Biggs encontraron un agujero en las leyes de Barbados que le permitió cambiar el destino de nuevo hacia Brasil. Ni un cambio de los acuerdos diplomáticos en 1997 entre brasileños y británicos pudo devolverlo a prisión. Sólo el deterioro de su salud ha puesto fin a una fuga de más de 35 años. Después de tres ataques de apoplejía, el regreso por todo lo alto organizado por el diario sensacionalista The Sun dejará bien cubiertos a sus herederos. Y ya se especula con el as que guarda Biggs en la manga para fugarse de prisión en silla de ruedas.