«La neutralidad no existe, ni sabemos lo que es»

SOCIEDAD

Felipe Fernández Armesto (Augusto Assía), premio Fernández Latorre de Comunicación Al entrar en la magnífica finca de Xanceda casi sólo se ve la buganvilla, ahora en todo su esplendor, que trepa por la fachada principal de la llamada Casa Grande, y casi sólo se siente el tenue olor de las magnolias. Pero enseguida sale por una esquina Augusto Assía, don Felipe, flamante Premio Fernández Latorre de Comunicación de la presente edición, quien me abraza con el cariño y el calor de tantas veces, y entonces ya únicamente él domina el escenario.

25 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Hablamos en el salón alto de la casa, rodeados de una biblioteca impresionante y viendo al fondo ese césped inglés que no es el único rasgo británico del entorno que rodea a este gentleman de 96 años salido de las tierras de A Mezquita. _La primera pregunta es obligada: ¿Qué significa para usted este premio que, aparte de su trascendencia profesional indiscutible, debe tener para Augusto Assía un muy particular eco familiar? _Claro... Fernández Latorre, Fernández Latorre... ese era uno de los apellidos de mi mujer, de Totora, por parte de su madre, por lo que el premio es para mí muy importante, un restablecimiento enorme, que me permite volver a apoyarme en mis orígenes. _Felipe Fernández Armesto pasará a la historia del periodismo como Augusto Assía. ¿Quién era Augusto Assía? _Ese seudónimo fue el fruto de una gran casualidad. En esos momentos yo estaba dando clases en la Universidad de Berlín, cuando ya los nazis amenazaban y La Vanguardia me pidió que fuese su corresponsal en la capital alemana. Comencé a escribir con un seudónimo por el riesgo que, tanto los nazis como los comunistas, significaban para el ejercicio periodístico. Y entonces elegí a Augusto Assía porque estaba leyendo un libro de Baroja en el que se hablaba de un príncipe italiano que había adoptado ese seudónimo. _Además de escribir para muchos otros medios, entre ellos La Voz que ahora le premia, fue usted corresponsal de «La Vanguardia» durante más de medio siglo. Ha conocido a hombres ilustres _desde Picasso a Einstein, desde Thomas Mann a Gilbert Chesterton_ y ha vivido acontecimientos increíbles: el ascenso del nazismo, la rendición japonesa ante McArthur, la Conferencia de Paz de San Francisco. ¿Querría seleccionar un episodio y un personaje de esa galería de recuerdos? (El veterano periodista duda unos instantes, pero, pronto, elige y se hunde otra vez en su viva memoria de elefante). _El episodio más curioso que ahora puedo recordar es la audiencia que me concedió el emperador del Japón cuando su país había perdido ya la Guerra. El emperador estaba en su palacio con sus ayudantes de siempre y me recibió, me ofreció té... yo le dije al emperador que le agradecía muchísimo la deferencia que tenía conmigo y entonces él me replicó: «Quien le tiene que estar agradecido al señor Armesto soy yo, porque por él supe que no estábamos ganando la guerra». (Se ríe a mandíbula batiente). A él lo tenían engañado, estaba aislado del mundo aliado, sujeto al mundo nazi y no leía más que lo que yo escribía. _No hace muchos meses, en su último artículo, escrito al alimón con su sobrino Emilio Rey, consejero delegado y editor de este diario, defendían la neutralidad informativa como uno de los principios básicos de la acción de la empresa periodística. ¿Cree que existe esa neutralidad en la prensa española? _La neutralidad no existe, ni sabemos lo que es. Está todo confundido, como consecuencia de los conflictos económicos, sociales y personales, de la vanidad y el interés, de forma que la información es quizá hoy uno de los últimos elementos que interesan al periodismo. En Inglaterra y en Estados Unidos los periódicos eran y son muy fuertes y aún se mantienen con aquella fortaleza... pero ahora están unidos a compañías. Ya casi no quedan periódicos que sean de una familia. La Voz de Galicia es una excepción, pero en general todos los periódicos están envueltos en esta promiscuidad política que domina a este país.