¿A quién le importa hoy que «Élite» no sea verosímil?


redacción / la voz

No hace demasiado, aunque ahora parezcan lustros, la sociedad española se dividía entre los que veían perfectamente plausible la actitud de Fani y compañía en La isla de las tentaciones, y la mayoría de mortales: aquellos que pensaban que lo que ocurría en cada capítulo tenía que tratarse de una especie de tragedia griega inventada por el avispado equipo de Mediaset. Lo mismo pasó cuando se estrenó Élite. Pocos adolescentes se podían ver reflejados en una serie en la que los menores compartían copazo con sus padres, pasaban de la monogamia al poliamor como de las ciencias al latín y los uniformes parecían sacados de un desfile de Gucci. Aun así fue la sensación del mes, y Netflix estiró tanto el chicle que apuró en menos de dos años tres temporadas. La última llegó con el inicio de la cuarentena.

Por eso, porque la verosimilitud no tiene mucha cabida en estos tiempos, es mejor disfrutar de esta dramedia juvenil como lo que es: pura ficción. Solo de esta manera se puede pasar por alto que el padre de Carla (Ester Expósito) casi intente prostituirla y a esta solo parezca preocuparle comer macarrones recalentados con su crush. O que dos hermanos tengan un lío de sábanas y ninguno se deje la cordura por el camino.

Abrazar mentalmente a Lu (Danna Paola), que prometía ser la Ángela Channing millennial y se ha quedado en un entrañable teletubbie, es lo mejor que podemos hacer desde el sofá. Y quizás reflexionar, dentro de todo el esperpento, con alguna que otra escena. Como la de dos madres lesbianas que le reprochan a su hijo que su relación, de tres personas, es antinatural.

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