Cinco estudiantes reflexionan sobre la selectividad y su futuro universitario
27 may 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Reunimos a cinco estudiantes de segundo de bachillerato en el instituto As Telleiras, de Narón. Se llaman Laura, Melody, Iria, David y otra Laura. Se han presentado voluntarios para mantener una pequeña charla y ya conocen todos sus notas.
-¿Qué tal ha ido?
El grupo tuerce el gesto. Nadie parece muy satisfecho. Lo más que se atreven a decir es que se han mantenido en la media del año pasado. Pero cuando les pregunto por la calificación concreta hay un siete, un ocho, un ocho con siete y dos que superan el nueve. ¿A qué viene entonces ese rostro sombrío? Melody y las dos Lauras quieren entrar en Medicina, Iria en Comunicación Audiovisual o Periodismo, y David, que con su siete se siente pequeño, en Enfermería o Fisioterapia. «Aquí nadie está relajado -dice Melody- porque todos queremos estudiar carreras que piden notas muy altas». En este grupo todos van a buscar un diez en la selectividad. Por lo menos.
Con 18 años más o menos, casi todos han ido ya enterrando vocaciones: «A mí, lo que me gusta de verdad es el clarinete», dice Laura Formoso, que ha dedicado doce años al instrumento; a Laura Corral le gusta el teatro; David dice que le hubiera gustado ser periodista, pero que ya lo informaron de las difíciles perspectivas laborales y orientó su bachillerato por otros derroteros. Así que, a la vista de la nota que consigan tras la selectividad, es posible que deban dar aún otro giro a sus expectativas de futuro. Si no es Medicina, será Veterinaria; si no es Enfermería será un ciclo de FP con acceso a la universidad.
«Yo creo que me he cargado medio Amazonas este año, solo en los folios que he gastado», dice Laura Corral. Los demás asienten. Las buenas notas no han salido de la nada, sino de un esfuerzo notable que ha tenido a esta gente metida en casa durante la mayor parte del curso: «Todo el día estudiando, con descansos para merendar y para cenar», afirma una de ellas. La mayoría emplean jornadas de entre seis y ocho horas, además de las que están en el instituto. De las que estaban, porque las clases ya acabaron. Ahora están solos frente a la prueba de acceso.
Un sistema caduco
Pese a las largas horas frente a los libros, les ha dado tiempo a reflexionar sobre lo poco práctico de un método que básicamente premia la capacidad de memorizar: «Hay asignaturas que tienen un componente práctico que te obliga a pensar -expone Melody-, pero las que son solo de memorizar, yo, francamente, ya no me acuerdo de la primera evaluación». El grupo lamenta que la prueba obligatoria de selectividad tenga tantas asignaturas de letras. Aquí, cualquier décima importa porque el grupo tiene muy claro lo que puede suponer para su futuro. Sobre la nueva ley de educación también hay unanimidad. A nadie le gusta.
¿Y la crisis? ¿Se ha colado en su proyecto universitario? «Todo influye -interviene Iria-. En mi casa somos tres hermanos. Mis padres son funcionarios y les han quitado las pagas extras. Seguro que se va a notar». David opina que tal vez se quede en Ferrol en vez de ir a A Coruña, y así el grupo desgrana las dificultades, aunque, admiten, de momento podrán lucir expediente en la universidad.
Donde ninguno se engaña es en sus previsiones laborales: «¿El futuro? En el extranjero. Eso lo sabe todo el mundo», responde Melody. «A mí no me importa tener que salir, pero quisiera tener la oportunidad de elegir si quiero quedarme en España o salir fuera a buscar mi oportunidad», aporta Iria, la única del grupo que ha ido por letras. En la charla se cuela el paréntesis que supondrá para ellos la vida universitaria. Un lapso de tiempo quizás suficiente para que el mercado laboral se restablezca: «Lo que tal vez ocurra es que, aunque saque la carrera de Enfermería, no pueda trabajar de enfermero -reflexiona David-. Eso sería muy triste».
En realidad, las dificultades que estos jóvenes que forman parte de la élite de los estudiantes gallegos ven en su futuro comunican una cierta tristeza. Están empleado un esfuerzo extraordinario para acceder a carreras especializadas y muy competitivas y ya intuyen que todo ese empeño desembocará en una maleta y un billete de avión. «Tenemos un futuro distinto al que tuvieron nuestros padres. Para ellos fue mucho más sencillo conseguir un trabajo fijo, una estabilidad», considera Laura Corral.
De todos modos, el futuro inmediato es tenso, pero menos dramático. El grupo se preparaba el viernes pasado para su fiesta de graduación, una burbuja de asueto en un programa sin tregua que finalizará el 14 de junio con la última prueba de selectividad. «Estoy deseando que acabe. Tengo ocho libros pendientes para leer, pero no puedo hacerlo porque tengo que estudiar», se queja Laura Corral. La otra Laura formula un deseo mucho más sencillo: «A mí me gustaría ver la televisión». «O estar por la calle», apunta Iria.
Como los cinco han sido buenos estudiantes, probablemente les aguarda un verano tranquilo. O no. La mayoría iniciarán el curso fuera de casa y deben buscar residencia. Unas décimas de menos podrían obligarlos a salir de Galicia, complicando más la planificación del curso, aunque ahora mismo todo eso tiene una importancia relativa. Lo que de verdad importa es superar el gran obstáculo. «Sería una gran decepción no obtener la nota que busco», admite Melody.