Tengo envidia de A Coruña


Me da mucha envidia A Coruña. No es por la playa, ni por las tiendazas, ni por sus museos científicos, ni por los nuevos bares con nombres más propios de Roma o de Londres. De todo ello disfruto cada poco, hasta el punto de que la considero mi segunda ciudad, sin complejos. Pero desde hace unos meses sigo con interés el debate sobre los terrenos portuarios que antes o después quedarán despejados de contenedores, grúas y naves con fines industriales y marítimos, que acabarán en Punta Langosteira.

Es interesante la controversia, que resumo a riesgo de ser impreciso en siete líneas: el Estado, propietario de los terrenos a través del Puerto, quiere hacer caja para pagar la nueva infraestructura, y el Concello pretende preservar los usos públicos en 500.000 metros cuadrados al borde del litoral. Al cambio compostelano, es como si la USC quisiera especular con el campus universitario (unos 400.000 metros), dándole un nuevo sentido que, inevitablemente, tendría que tutelar el Concello, competente en materia urbanística.

Los políticos locales y autonómicos se han enzarzado en un debate simplista sobre el destino de ese suelo, obviando o al menos dejando en un segundo plano la magnífica oportunidad colectiva que supone para una ciudad que en las últimas décadas ha expulsado de su censo a decenas de miles de vecinos con recursos ajustados, y también a los más ricos. Para su inspiración, tienen ejemplos cercanos: Santiago nunca sería lo que es sin la Iglesia, la Universidade, la Xunta o sus dotaciones municipales. Tampoco sin sus vecinos y sus casas. Privadas, por supuesto.

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