Cuando Malik llegó no era capaz de decir una palabra en cristiano. Iba de aquí para allá en una vespino desastrada, agobiado por el peso de las mercancías que se derrumbaban sobre sus hombros como un muerto.
Malik entraba en un bar, se plantaba entre las mesas, sacaba las gafas, las pulseras, los relojes y los ofrecía hablando su remotísima lengua. Abría los ojos enormes, mostraba los dientes perfectos en muecas que reflejaban espanto, una felicidad imposible de alcanzar, indignación, locura. A los clientes, que reían y lloraban con Malik sin entender una sola de sus palabras, se les enfriaba el café y pedían otro, y otro, hasta que él se marchaba con la música a otra parte.
Chicho, el dueño del Santa Comba, con un olfato para los negocios que el pacharán no embotaba, lo contrató para que entretuviera a la parroquia. Familias enteras acudían a escucharle. El niño y el abuelo, la golfa y la beata, ponían a los sonidos endiablados, a los confusos gestos, las imágenes que cada uno llevaba en el corazón y no se atrevía a mirar.
Una noche de verano, durante la hora de más público, a Malik se le escapó una palabra español.
Un murmullo recorrió la embelesada audiencia. Lucía, la frutera, se levantó confusa, como si hubiera despertado de un sueño, y salió. La siguió don Lorenzo, y después Lauro. Diez minutos después sólo Chicho quedaba en el bar. Nadie vio salir a Malik ni volvió a hablar de él.
Mala cosa recordar los hechizos rotos.