Todos los años soy voluntario en el Camino Inglés. Día tras día de julio acudo optimista al comienzo de esa ruta jacobea en el límite del concello de Ordes con el de Oroso. Los peregrinos llegan resoplando tras superar una cuesta corta, dura, maravillosa y quizás medieval, y allí me encuentran coordinando un pequeño grupo. Doy la bienvenida y facilito información del Camino en esos 7,5 kilómetros hasta llegar a Sigüeiro y recomiendo parar en las primeras instalaciones de la localidad, la piscina, en cuya recién inaugurada y estupenda cafetería el Concello instaló el Punto de Información del Camino Inglés. Todo eso es muy bonito y seguro que el apóstol Santiago me lo tendrá en cuenta cuando llegue el momento. Pero la otra cara de la moneda ya no es tan grata.
Digamos que un tercio de los peregrinos lo conforman gente encantadora. Otro tercio es justamente cordial. Y el tercio restante se lo regalo.
Llevo un chaleco que reza bien grande «Voluntari@». Oiga, ni así. Ese tercio de impresentables ya piensa al momento que ofrezco agua para venderla (la doy gratis, claro) y cuando aviso de que en Sigüeiro no hay albergue público aunque sí varios privados empiezan los bufidos, porque ya puedo asegurarles que no tengo interés en ninguno -facilito todos los teléfonos, como es obvio- que nadie me cree. Y me caen hasta insultos y reproches de que así acaban los gallegos con el Camino, con tanta comercialización. Llegados a este punto del diálogo o lo que sea, el segundo tercio, el de los justamente cordiales, se une a la fiesta. Y cada dos por tres me cae una andanada de propina porque parece ser que de repente mando más que el Xacobeo.
Explíqueselo usted a esos cabestros.