Cosas de Frades


En un mundo que prefiere creer que una autopsia para desenmascarar uno de los delitos más crueles tiene más pinta de realizase en Berlín que en Verín, y que en Galicia somos de lo más profundo, y no precisamente en sentido metafísico, lo que pasó esta semana en Frades tiene mucha más enjundia de lo que pueda parecer. En este municipio, en el que ya viven menos de 2.500 vecinos, y bajando, ha sido posible consensuar un documento urbanístico en el que se llega a la conclusión de que si algo tienen que proteger es su riqueza natural.

Será porque en las familias más pequeñas parece más sencillo conseguir un buen entendimiento, o porque como no hay interés por urbanizarlo todo, y lo que más abunda en estas tierras de Ordes es el tierno pestañeo de las vacas, resulta factible que un documento de tanto calado político y económico se apruebe sin un ápice de duda, dando así una lección que muchos deberían aprender.

Quizá la clave de toda esta historia sea pensar que tener mayoría absoluta para gobernar no implica estar en posesión de la verdad, rara vez absoluta. Y que a la par, la palabra oposición no se aplique en sentido textual, y las personas a las que sus vecinos colocaron en segunda fila sepan muy bien cual es su función: fiscalizar en el sentido literal del término.

Por desgracia, esta lección que parece haber calado en un menguante ayuntamiento de una esquina de Europa no tiene visos de exportarse. Queda el consuelo de que un concello pequeñito como el de Frades puede dar un buen ejemplo sobre lo que se debe hacer cuando se trata de definir el municipio en el que queremos vivir. Algo es algo.

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