Desolación

Ignacio Carballo González
Ignacio Carballo LA SEMANA POR DELANTE

SANTIAGO

Está muy claro: Goretti Sanmartín no es Xerardo Estévez, tampoco Bugallo, ni siquiera Martiño Noriega. De hecho, Goretti pronto dejó de ser Goretti. Y Alfonso Rueda no se parece a Manuel Fraga en su relación con Santiago. Sin embargo, la ciudad y sus ciudadanos están por encima de todos ellos, o debieran estar. Cuando los designios políticos, los cálculos electorales y sus estrategias se imponen a la colaboración para perseguir los objetivos de progreso para una comunidad, estamos abocados al panorama desolador que actualmente vivimos en la capital de Galicia y que, mucho hay que temer, no va a cambiar para bien —seguramente empeorará— a nueve meses vista de unas elecciones municipales en las que se augura una lucha a muerte por el gobierno local. El PP aprieta a tope porque ve cerca, con Borja Verea, una mayoría absoluta que es su única opción de acceder a la alcaldía, y con el viento a favor de una izquierda fragmentada. El BNG trata de ofrecer en este cuarto final del mandato resultados que estuvieron ausentes en los tres primeros y está cómodo en la confrontación con la Xunta alentando su práctica del victimismo para tratar de taponar los agujeros de una gestión trufada de ideología y poco pragmática para la producción de avances que los compostelanos puedan sentir en la práctica antes de ser llamados a las urnas. En este contexto, se define un conflicto tan bochornoso como el suscitado en torno a la imprescindible y urgente ampliación del colegio Quiroga Palacios. No estamos hablando de inversiones multimillonarias, de grandes infraestructuras o de la profunda rehabilitación del casco histórico, logros que hace tres décadas convirtieron a Santiago en una ciudad moderna y la elevaron a una posición de liderazgo de las urbes gallegas con una potentísima proyección nacional e internacional. Fue el resultado del trabajo, codo con codo, de las administraciones estatal, autonómica y local —con el motor del Concello— comandadas por políticos que pusieron, por encima de los intereses de sus partidos, la voluntad común y la querencia por una ciudad que hizo valer toda su potencialidad para generar diálogo constructivo y consensos. Poco o nada queda de ese legado, lamentablemente.