El bando que firmó la alcaldesa de Santiago es vergonzoso. No en lo que a ella respecta, que ha hecho muy bien, sino porque su contenido habla mal, muy mal, de un sector de los ciudadanos que no ha entendido cuál es su papel en cualquier sitio, pero más en una ciudad patrimonio de la humanidad que bastante tiene con atender a millones de visitantes año tras año. Porque resulta penoso que a estas alturas de la vida haya que recordar que «non está permitido realizar pintadas en calquera superficie», o que «os residuos (sic, ojo a esa castellanización, señora alcaldesa, la
palabra no está reconocida por la RAG, a Dios gracias) deben depositarse nos colectores habilitados». O que «está totalmente prohibido abandonar restos de obras ou similares en calquera lugar do territorio municipal».
Pero el Concello acierta. La imagen de Compostela es manifiestamente mejorable. Por supuesto que el propio Concello tiene que sacar mejor nota en gestiones varias relacionadas con esa imagen, pero lanzar encima de su tejado todas las culpas es un mal muy latino que se basa en que el responsable jamás soy yo, sino las circunstancias o el poder, desde Goretti Sanmartín a Pedro Sánchez, pasando por Alfonso Rueda.
Va siendo hora de comportarse como adultos. Si no fuera porque la frase fue dicha con reprobable ánimo guerracivilista, recomendaría que el que pueda hacer, que haga, pero no en el sentido original sino en que haga lo que pueda en su parcela, en su vida diaria, incluido no tirar las colillas al suelo (en su casa seguro que no lo hace). La solución no es sancionar más, pero hay veces en que uno se alegra de que a este o a aquel le caiga una buena multa. Por bárbaro y mal vecino.