La banda llenó Fontes do Sar, donde 8.000 almas sintieron que la música mantiene intacta su capacidad para transportarse en el tiempo
30 nov 2025 . Actualizado a las 19:58 h.Como si se tratara del DeLorean de Regreso al futuro, la buena música tiene esa misma habilidad de viajar al pasado. Lo entenderán quienes estuvieron este sábado en Fontes do Sar, donde, durante casi dos horas, los de 60 años volvieron a sentir que tenían 40; los de 40, que regresaban a los 20; y los de 20 recordaron aquellos viajes en coche con sus padres, siendo aún críos, mientras en la radio sonaba Fito & Fitipaldis. En un polideportivo lleno, con 8.000 personas, Fito Cabrales demostró por qué ha conseguido convertir el rock español, antaño constreñido a pequeñas salas, a lograr el mismo éxito en estadios de todo el país. En sus casi 30 años con los Fitipaldis, que han pasado como un suspiro, el cantante vasco dejó claro que, a pesar de rozar ya los 60 años, continúa en plena forma.
Lo demostró con una actuación impecable, que abrió con A contraluz, de su último disco, El monte de los aullidos, un mero pretexto para volver a sentir el calor de un público al que le reconoció que «nos hacéis sentir felices». Las ovaciones comenzaron a sonar antes de caer el telón, y el viaje en el DeLorean cogió velocidad de crucero con Por la boca vive el pez, uno de sus himnos más conocidos. Los móviles en ristre, las manos en el aire, las gargantas jaleando canciones míticas. Con Me equivocaría otra vez y Entre la espada y la pared, la atmósfera se fue caldeando Fontes do Sar. El espectáculo subió una marcha más con Whisky barato, cuando las guitarras se convirtieron en violines, y los teclados en acordeones. El pabellón fue, por un momento, unos de esos pubs del Temple Bar de Dublín. Se transformó gracias a una versión inédita de una de sus grandes canciones, en la que compartió protagonismo con su saxofonista Javier Alzola y el guitarrista solista, Carlos Raya.
Los saludos de rigor dieron paso a Como un ataúd y Acabo de llegar, antes de una presentación funky de cada uno de los miembros de la banda. Faltaban La casa por el tejado y su balada más conocida, Soldadito marinero. Las parejas se abrazaron, algunas se besaron. Los teléfonos volvieron a colocarse en alto, evidenciando de nuevo ese paso del tiempo: cuando esa canción sonó por primera vez era todavía 2003 y el público aún levantaba al cielo sus mecheros. Parecía la despedida de lo que podría ser una cita perfecta, pero la banda regresó a las tablas. Por delante quedaban tres canciones: la primera, La noche más perfecta; la segunda, Entre dos mares, digno homenaje a Platero y Tú y su mejor disco, Correos.
El colofón llegó con Antes de que cuente diez, himno que recuerda lo efímero del tiempo y de todas las lecciones que va mostrando la vida. Durante dos horas, el rock de Fito & Fitipaldis sirvió para viajar al pasado. En el tintero se quedaron canciones como Rojitas las orejas, Corazón Oxidado, Siempre estoy soñando o Trozos de cristal. Más que un problema, quizás eso sea lo bueno de Fito Cabrales: a sus fans acérrimos les resulta imposible quedarse solo con un puñado de canciones. Fito los ha acompañado casi durante toda una vida y, en Fontes do Sar, les recordó lo rápido que han transcurrido estos casi 30 años desde que lanzó su primer disco, A puerta cerrada, en 1998. También dejó claro que hay que guardar momentos para mirar atrás y que, sí, siempre hay motivos para esbozar una sonrisa.