Renfe pide «la máxima indulgencia» para el maquinista en el juicio del Alvia: «Es evidente que lo merece»

Xurxo Melchor
Xurxo Melchor SANTIAGO / LA VOZ

SANTIAGO

Cortabitarte llegando al juicio esta mañana
Cortabitarte llegando al juicio esta mañana Xoán A. Soler

El ADIF afirma que en Angrois se cumplió la normativa y que el accidente era «imprevisible» porque se debió a una «desatención prolongada insólita»

20 jul 2023 . Actualizado a las 20:23 h.

En la recta final del juicio del Alvia, que desde hace ya más de nueve meses se está celebrando en Santiago, cada una de las partes debe hacer su informe de conclusiones definitivas y finalmente llegó el turno del ADIF y de Renfe. Al contrario que el letrado del administrador ferroviario, Javier Suárez García, que se extendió por espacio de dos horas y media —hasta la jueza tuvo que pedir un receso cuando finalizó para ir al baño y tomar café—, el de la empresa pública que gestiona los trenes fue conciso, directo y escueto. Juan José Delgado Velasco zanjó su intervención en la macrocausa pidiendo a la magistrada que dictará sentencia, Elena Fernández Currás, que tenga «la máxima indulgencia» con el maquinista que conducía el convoy cuando el 24 de julio del 2013 descarriló en Angrois causando 80 muertes y 140 heridos. «Es evidente que lo merece», añadió el abogado sobre Francisco Garzón Amo.

En su exposición final en la vista oral, Renfe ha querido dejar claro que no hubo negligencias y que «todo estaba en orden», aunque admitió que «no fue suficiente» para evitar una tragedia en la que, a su juicio, jugó un papel fundamental la llamada «extremadamente perjudicial e innecesaria» que Garzón Amo recibió y que le hizo distraerse y tomar la curva de A Grandeira a 192 kilómetros por hora cuando estaba limitada a 80.

Para el letrado de la empresa pública hubo una conjunción de factores que hizo que «en un momento y lugar único», recayese «sobre el maquinista todo el peso del sistema de seguridad ferroviaria». Eso sí, quiso dejar bien claro que Francisco Garzón hizo bien en atender la llamada, porque llegaba a través del teléfono corporativo —solo tenían prohibidas las del privado—, aunque esa comunicación que le hizo el interventor fue «innecesaria» y se produjo además «en el peor lugar posible a efectos de seguridad» contribuyendo «a la pérdida de ubicación» que hizo que el maquinista no frenase a tiempo.

Renfe quiso reivindicar también en su última intervención en el juicio la «ejemplar» formación que reciben sus maquinistas y que también tuvo Garzón Amo. «Sin embargo, el día del accidente se constató que tanto el cumplimiento de la norma como el conocimiento práctico no fueron suficientes para impedir la tragedia», lamentó el letrado. En su opinión, porque en aquel momento todo hizo que él fuese «el único garante de la seguridad ante debilidades que el sistema no detectó».

Esa indulgencia que Renfe considera que merece el maquinista, y por lo cual la empresa se ha adherido a la más que probable petición de absolución que hará la defensa de Garzón Amo, se cimenta no solo en que no le consideran culpable de lo ocurrido, sino además en su actitud tras la tragedia, reconociendo su culpa y pidiendo expresamente perdón a las víctimas, algo que consideran que debe ser tenido en cuenta a la hora de dictar sentencia.

Aunque brevemente, también se refirió el abogado de Renfe a un episodio que él mismo admitió que «no ha quedado suficientemente claro durante el juicio». Se refería a la advertencia que sí hizo el jefe de maquinistas, José Ramón Iglesias Mazaira, de la peligrosidad de la curva de A Grandeira. Para el letrado, no se comunicó por los cauces adecuados y fue un único aviso que no se ha explicado bien cómo se gestionó. En cuanto a la desconexión del ERTMS, el sistema que habría evitado el descarrilamiento, insistió que no fue «una decisión comercial» sino una respuesta a «una situación de riesgo» porque estaba funcionando de modo inadecuado y estaba provocando problemas que suponían un peligro.

ADIF se resiste a pedir perdón «por algo de lo que uno no se siente responsable», pero lamenta la falta de empatía

ADIF cerró su última intervención en el juicio del Alvia justificando que diez años después del accidente ni la empresa ni el que era el 24 de julio del 2013 su director de seguridad en la circulación, Andrés Cortabitarte, hayan pedido perdón a las víctimas de la tragedia. «Es difícil pedir perdón por algo de lo que uno no se siente responsable», aseguró el abogado del Estado que representa al administrador ferroviario. Por contra, si considera que el ADIF podría haberlo «hecho mejor» en su trato a las víctimas, ya que todas ellas les han reprochado que nadie de la empresa pública se pusiera en contacto con ellos para interesarse por su estado o sus necesidades. «Lamento profundamente que la administración a veces se muestre distante y carente de empatía», añadió Javier Suárez García.

Sobre la responsabilidad del ADIF y de Cortabitarte, al que la Fiscalía retiró la acusación en el último tramo del proceso, el letrado pidió que se juzguen los hechos «con los ojos del 23 de julio del 2013 y no con los del 25», cuando ya afloraron las lecciones que tan duramente ha aprendido el sistema ferroviario sobre la seguridad del sistema.

La defensa del administrador ferroviario insistió en que se cumplió la normativa, pero quiso también llamar la atención sobre lo confuso que puede llegar a ser esta reglamentación. Y lo hizo recordando las palabras del fiscal, que calificó de «galimatías» el régimen jurídico al respecto, o las de la propia Audiencia Provincial, que habló en su momento de un «enrevesado encadenamiento de normativas». Por ello, se preguntó si se puede imputar a alguien una responsabilidad penal como la que se pide a Andrés Cortabitarte por haber entendido que no era aplicable el reglamento 352 de seguridad.

El ADIF ha llegado al final del juicio sin moverse ni un ápice de su postura inicial y volvió a reiterar que solo hay un responsable de la tragedia de Angrois: el maquinista, Francisco Garzón Amo, porque tuvo «una desatención prolongada insólita». A él, a su juicio, correspondía el control de la velocidad y era imposible que ningún sistema de seguridad pudiera pensar en que iba «a desatender todo lo que está a su disposición al atender una llamada de teléfono que no era urgente y apartar la mirada de la vía durante cien segundos», recalcó.

Por ello, insistió en que la tragedia era «imprevisible» y en que la curva de A Grandeira era segura y no era un punto singular de la red porque hay muchas como ella en España, y se preguntó: «¿Se puede exigir responsabilidad penal a alguien por no ser una especie de visionario?».