La que se lio el viernes por la tarde en el área intermodal de Santiago (estación del tren y de autobuses) no debería repetirse. Es verdad que el colapso que sufrieron los viajeros en ambas terminales fue producto de una tormenta perfecta: inicio del fin de semana, primera gran desbandada del curso universitario, gratuidad de los viajes y descuentos en los bonos de ambos medios de transporte y, por si fuera poco, una avería en una máquina de Renfe en el eje atlántico en Redondela que cortó el servicio entre Vigo y Pontevedra y provocó grandes retrasos en los trenes, lo que hizo que muchos usuarios buscaran la mejor alternativa, por inmediata —solo cruzar una pasarela—, en el autobús que los llevaría a Vigo, A Coruña u otras localidades. Monbus, esta vez sí, actuó con diligencia. Pese a que ya había reforzado sus servicios previendo un incremento de demanda por las peculiaridades de la fecha y por la que podría generar a mayores su propia oferta de descuentos, la empresa de buses que lo acapara casi todo en Galicia se vio desbordada. Inicialmente valoró en una veintena de autobuses los que tuvo que disponer de urgencia como refuerzo en la tarde del viernes, pero finalmente fueron 45, al triplicarse el aumento de clientela sobre la que había previsto, de mil a casi tres mil viajeros. Moraleja: sirva todo ello para extraer conclusiones. La movilidad en transporte colectivo está en plena revolución y Santiago, como punto neurálgico de la red de comunicaciones ferroviarias y por carretera —también aéreas, por la conexión con el aeropuerto— merece una planificación minuciosa para evitar situaciones caóticas como la vivida.