Son dos cosas completamente diferentes: por una parte, el discurso político de la Xunta lanzando pullas al Gobierno central. Eso sí, con un ejemplar acatamiento del marco normativo general que para ya quisieran otras comunidades, léase Madrid con los ciudadanos convalidando las medidas -políticas también- que la situaron a la cabeza del desastre europeo.
Y por otra, la organización de la vacunación masiva. Es muy fácil resumirla, al menos en las dos veces que he estado allí: de matrícula de honor. Seguro que, como en toda decisión y medida humana, ha habido errores, pero minúsculos y, para la mayoría, pasaron inadvertidos.
Fila ágil, Protección Civil cordial pero muy firme y rapidez (¡43 segundos de media por vacunación en sí en el tiempo que estuve allí!).
Pero siendo todo eso importante, y sin menoscabar a nadie, lo fundamental es el profesional que inyecta la vacuna. Horas tras horas a toda máquina y de pie. Mucha gente joven. Hacen su trabajo, no hay que pagarles más, no hay que decirles que son héroes porque no lo son. Son profesionales. Eso sí, profesionales de matrícula de honor. Y por cierto, el firmante logró introducirse sin que ninguno de ellos supiera que estaba trabajando. Es decir, que iba a publicar estas líneas, así que lo que vi fue la realidad, no pose ni alerta que está un periodista en lontananza.
De manera que cuando en los próximos días vaya usted a pagar sus impuestos recuerde que no, en Galicia no van al bolsillo ilegal de los políticos. Van a personas que casi no duermen para que usted (y yo) salgamos de esta vivos y danzando. Y para pagar la nómina a personas que como esos ATS se han roto la espalda durante su jornada de trabajo. ¡A vacunarse!