Alma máter


El brutal impacto del coronavirus se ha medido desde el día uno del estado de alarma en el número de fallecidos y contagiados. Lamentamos las pérdidas humanas y celebramos el atisbo de luz que vemos en el incremento de la curva de pacientes que logran salir de ese infierno. Pero la pandemia también desencadenó desde las primeras semanas unos daños colaterales que en Santiago han dejado el futuro laboral de miles de personas atado a los ERTE y a decenas de negocios al borde de un abismo del que no saben si conseguirán escapar. Con la actividad limitada por los protocolos de seguridad, el desasosiego ahuyentando el consumo de muchas familias que temen por su medio de vida y la respuesta del turismo restringida a los desplazamientos desde otras comunidades, el año no pinta muy halagüeño. Asoman brotes verdes, valiosísimos en esta coyuntura, pero no tapan la sensación de tormenta perfecta. Y ni la Universidad escapa a los nubarrones. Sería el golpe de gracia para Santiago.

El debate sobre la extensión de la docencia por Internet se presenta tan peligroso como la posible consolidación del teletrabajo en muchos ámbitos. Ojo con ello. La savia de la USC es vital para el desarrollo y el pulso de la ciudad. Más allá del valor añadido que aporta en términos de investigación y excelencia, como se está viendo en una pandemia en la que la USC vuelve a poner a Santiago en el mapa, vaciar sus calles del latido universitario sería suficiente por sí mismo para dinamitar la hostelería, el sector inmobiliario, el tejido cultural o el comercio. Cuidado con las respuestas que damos a la crisis. El mal es atroz. No necesita remedios que lo empeoren.

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