Niños y niñatos


«Se creían libres, y nadie será libre mientras haya plagas». Pensé que de ningún modo volvería a ver Chernóbil ni a releer La Peste. No, desde luego, durante estos días enjaulado. De la serie he conseguido escapar, quizá porque la tengo más reciente, pero a la novela de Albert Camus ha sido imposible resistirse. Rebusqué un viejo ejemplar de bolsillo editado por Edhasa. Estaba en mi recuerdo, pero ni siquiera sabía si lo tendría en casa. Y apareció, amarillento. Su lectura me está permitiendo constatar que mi vista no es la que fue y que en todas las piedras contra las que nos estamos estrellando ahora ya nos hemos tropezado antes. La minimización de la amenaza, los cálculos que llevan a perder un tiempo valiosísimo en la toma de decisiones, la charlatanería ridícula. Ahí está todo y más.

Porque esto va de ciencia y de economía. Casan mal, aunque son igualmente imprescindibles. Necesitamos la ciencia para seguir vivos, y la economía, para sobrevivir. Pero solo desde el protagonismo absoluto que damos a la segunda se entiende el menoscabo de la primera por parte de la política, que es la que decide. Y a los ciudadanos nos reservan el papel de espectadores. Desde el encierro vemos cómo una crisis que todavía no nos ha enseñado su cara más fiera está quemando a una generación entera de políticos-cerilla mientras la unidad de Europa vuelve a merodear el desagüe.

Son muchas decisiones difíciles de entender. Pero una resulta especialmente incomprensible. ¿Qué pasa con los niños? ¿Qué explicación tiene que no puedan pisar la calle ni cinco minutos de la mano de sus padres? Que la luz de la ciencia los ilumine.

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