La aventura de bajar la basura


La centrifugadora de la alerta sanitaria ha puesto nuestras vidas patas arriba. Hasta las cosas más triviales que hicimos hace ocho días nos parecen ahora unas vacaciones en una playa de Bali. La tapa que nos pusieron con la caña en aquella terraza. Aquel paseo sin otro propósito que despejarnos un poco. Incluso la hora dedicada a la niña en un parque atestado y con un barullo infernal. Todo lo vemos como un lujo que, además, parece que sucedió hace un año. En esta nueva etapa balcones y ventanas se han convertido en el centro de los hogares. Nunca tanto tiempo dedicamos a contemplar una calle vacía, ni a comprobar si los transeúntes portan bolsa para la compra o van en compañía de la mascota de la casa, un compinche ahora imprescindible para emular lo que siempre fue la vida normal en la calle.

Los dueños de mascotas son mirados con envidia, y hasta los propios perros nos parecen unos privilegiados. Al resto nos queda trocear la compra para incrementar los paseos. Y estar rápidos para bajar la basura. La que siempre ha sido una de las tareas más ingratas de la vida doméstica emerge como el recreo del colegio, una puerta abierta a la aventura. Allá vamos con nuestra bolsa a coger tres minutos de aire, casi con la sensación de que lo estamos robando. Más que distopía, todo esto parece una soberana marcianada con tintes de serie B. Necesaria, claro, pero marcianada al fin y al cabo. Solo queda esperar que pase. Porque pasará. Y veremos con otros ojos esas pequeñas cosas que antes nos parecían nimias. La parte de la vida imprescindible para sentirnos libres.

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