Una llamada


Me ha llamado Andrea, del centro de salud de Sigüeiro. No tengo ni idea de quién es Andrea, fuera de que presumo, por la voz y por su manera de hablar, que es joven y que no cobra un gran plus de antigüedad en su trabajo. Un encanto que me recomendó ponerme la vacuna de la gripe. Seguro que nadie le ha dicho que estoy radicalmente a favor de las vacunas y que me amargan el día cuando algún botarate sale por peteneras diciendo que a su hijo no lo vacunan porque luego será autista, cojo o del Barça. En estos tiempos donde el personal se informa en la Wikipedia en vez de en los periódicos serios esas cosas pasan, aunque cueste creerlo.

Pero en fin, me ha llamado Andrea. Y cuando acabó la conversación me he quedado relajado: a este país, que a veces es de pandereta total, lo va a sacar adelante gente como ella. Y es que estamos muy mal acostumbrados, pero que a uno le llamen velando por su vida, así sin más ni más, es un lujo. Que uno vaya a ese centro de salud tan bien dirigido y que funciona a las mil maravillas y que no pague nada, sigue siendo un lujo (váyase usted a Suecia o Finlandia y abra la cartera).

Luego, claro, está ese convencimiento profundo de que el ser humano se adapta a todo. Y se cree que todo es un derecho, que los deberes se pueden sortear y que pagar impuestos es un robo cuando no una tragedia. El personal -al menos los habitantes de Oros- debería sentarse y reflexionar sobre lo mucho y bueno que tiene.

No apoyo en absoluto esa huelga de médicos disfrazada de reivindicación de diez minutos por paciente (algo en lo que algunos, una pequeña minoría, sí tienen razón), pero cuando se pasa ante el centro de salud de Sigüeiro hay que hacer una reverencia.

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