Paren las máquinas


No vi esta semana preocupados a los coruñeses tras conocerse el récord que ha batido Inditex, con lo que supone para sus dueños, pero también para los empleados y las empresas que han ido creciendo de la mano del gigante textil. Tampoco debieron acoger con la mala cara los vigueses que la gran demanda del Peugeot 2008 vaya a activar un cuarto turno de trabajo en PSA Vigo, lo que dará confianza a las firmas auxiliares que nutren a la poderosa factoría, un ejemplo de productividad en Europa.

Todo éxito industrial tiene su huella, claro, y también el turismo, que es lo nuestro. Sin embargo, sorprende que en Santiago haya sofocos cuando se producen colas de una hora para entrar en la catedral -en julio y agosto- o cuando la Oficina del Peregrino no da hecho con la creciente llegada de caminantes, que son vistos como una amenaza para la experiencia jacobea. Qué menos que pensar en cobrarles unas tasas por gastar las baldosas y llenar las papeleras. Ante tal avalancha de éxito, suspendemos las licencias de hotel en el casco histórico, que permitía la rehabilitación de edificios, y ponemos freno a los pisos turísticos con una moratoria, dejando noqueados a inversores que querían hacer las cosas bien.

Ejercer así la potestad municipal, que radica en esencia en el urbanismo, es de una impericia asombrosa. Cerrar el grifo y confiar la necesaria regulación a decisiones que se fían largas es bananero, cobarde, conservador y demuestra la escasa agilidad de una administración pública que corta las alas a los que vuelan solos e ignora a los que pasan horas bajas, como el comercio.

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